Fe adorable

 

(Recuerdo de una visita hecha en el año 2010 a la casa-museo de Cesar Vallejo en Santiago de Chuco, antes de su remodelación en el año 2012)



Hay golpes en la vida






Iniciado como la mayoría de nosotros desde muy niño en la fe judeo-cristiana, Vallejo tuvo una cercanía, una familiaridad particular con esta fe: no en vano tanto su abuelo paterno como materno fueron  sacerdotes. Sin embargo, fueron sacercodes que no respetaron el voto de castidad y en consecuencia tuvieron descendencia. En esa medida, no es dificil imaginar que en torno a la familia Vallejo habia una atmosfera mexcla de santidad y pecado o de santidad y herejía. Y no es otra la mezcla o la alquimia que se advierte en los versos de Los heraldos negros.

De todos los ambientes que tiene en la actualidad la casa-museo de Cesar Vallejo en Santiago de Chuco, su pueblo natal, talvez el que causa mayor impresión en el visitante es la capilla familiar.

El interior de la casa es grande y cuenta, de hecho, con dos patios de tierra apisonada: uno pequeño desde donde se sube a un segundo nivel con pequeñas habitaciones, y otro más grande donde llama la atención el poyo familiar (este banco de adobe adosado a la pared, aludido en el poema “A mi hermano Miguel”) y un árbol de aspecto pensativo pero risueño.

Sobre este segundo patio se abren las puertas de los ambientes más grandes de la casa y, entre estos, del más pequeño: la capilla familiar.

Nuestro visitante descubre, sin embargo, que los ambientes más grandes no tienen mayor mobiliario que mostrar: apenas uno que otro trasto ceniciento y olvidado, y poco más. Descubre asimismo que el paso del tiempo no ha sido tan cruel con la capilla familiar: esta conserva una reliquia de inapreciable valor, ¡ una especie de hornacina con un pequeño altar en su interior!. Justo sobre la hornacina, tocando el techo, está la única ventana que hay en la pequeña habitación: la luz que entra por ella durante el día se diría que desciende como un juicio sobre nuestro asombrado visitante.

Y aunque este entiende que está ante una reliquia del pasado, nada le cuesta imaginarla tal y como pudo verse en su mejor época: entonces el pequeño altar estaba iluminado por las llamas votivas y había también un atril de madera con un ejemplar de las Sagradas Escrituras abierto de par en par. Completaría el mobiliario, un reclinatorio para los miembros de la familia, y no faltaría tampoco alguna repisa para colocar las resinas ceremoniales. ¡Cuántas veces no fue el propio Vallejo todavía pequeño quien encendió las llamas que iluminaban el altar y se asomó, curioso, a las páginas del libro sagrado!

En ese momento, él no podía saberlo, pero poco a poco su imaginario personal se estaba formando y, con este, la base de su futura poesía.

En otras palabras, la fe cristiana constituyó la primera visión del mundo de Cesar Vallejo, pero él, desde la herejía heredada de sus abuelos, forjó en ella otra fe; una fe aunque falible, personal, muy personal: la poesía.

“Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema”.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Teofanía

  El ultimo aliento del sol parece rizar las nubes en el horizonte antes de disiparlas   Con sus naranjas y sus ocres,        ...