Rímac

 

Hace mucho

que dejó de ser un río.

Sus aguas turbias                                    

y de espumarajos

malolientes

no son aquellas

que siglos atrás

retozaban al sol

y fecundaban

a su paso las campiñas

tamizadas de canto

de nuestros antepasados.

 

Ese río

ya no existe

(las campiñas tampoco)

En su lugar hay un

curso de aguas hervidas                

que atravieza

la megalomanía

de la gran Lima

y desciende al mar

entre abcesos de desmonte

y demas deshechos.

 

En un punto                               

de su ladera sur,                                               

sin embargo,

se levantan 

unas ruinas ancestrales

de geometría escalonada

como una rara eminencia

de adobe y piedras                               

cuyos fuegos ceremoniales

ya no se ven                   

desde hace siglos

pero que alguna vez      

aquel río extinto

alcanzó a reflejar

en sus aguas beatificas.                   


Afantasmadas

por la megalomanía

de la gran Lima

y su virulencia atroz,

estas ruinas evocan

de algún modo

la sagrada intimidad

de nuestros antepasados

con aquel río extinto,

su fresca vigilia

de hombres ribereños,

plenos de devoción y gratitud

hacia aquellas aguas

que se perdieron

para siempre

en el fondo incierto

de nuestra historia.


Margarita de Nueces

 

Incierta,

la luz

de un día mas

declinaba                                  

y ya las sombras

ganaban

otra vez

mi corazón estrujado

cuando lo vi,

vi al padre

de Margarita de Nueces:

departía entre sonrisas

con un viejo librero

del jirón Quilca.


Había devanado

mis pasos

todos estos años                         

entre los tiznados muros

de la capital

sin acertar

con la figura

de Margarita de Nueces

o confundiéndola

con la de otras beldades

de ojos clarísimos

y uñas almendradas,

Daniela, Ligi                                                      

o Angie

¿Y Margarita?     

¿En qué lugar

bajo este cielo

apocalíptico

sonreía con aroma

de nueces?

Y ahora, de golpe,

tenía   

a su propio

padre frente a mí

 

“¡Es él!”, me dije.

 

Desde

la última vez

que lo vi

su figura

había declinado

bastante

y su característico

traje crema

estaba más

viejo y raído

Su sangre,

su bendita sangre,

sin embargo,

era la que tenia

Margarita de Nueces             

y alentaba en ella

el milagro

de su belleza

insaciable.


¿Estaba

Margarita cerca?

Alrededor

del viejo maestro

¿no trascendía                             

todo a ella,

a su perfume?  

¿No tentaba yo

el cáliz

de la poesía

mientras

me acercaba a él

para preguntar

por su hija?

 

“No escucha”,

me dijo el viejo librero

cuando finalmente

saludé al padre

de Margarita de Nueces

 

 

Su apellido

había brillado

por primera vez

cuando ella                     

con su belleza prematura                     

deslumbró                  

al jurado de un certamen

de literatura.            

Y si bien no ganó

¡sí llego a la gran final!

Casi medio siglo

después

el padre tal vez

ni se acordaba de ella.

 

Entonces,                      

desesperado

lo miré a los ojos

y rompí a gritar

“¿Dónde está

Margarita de Nueces?,  

¡dígame

donde está!,

¡no me queda

mucho tiempo!,

¡donde está!”.

 

Una nube negra,

cruzó la mirada

del maestro

y esta se deslizó

hacia el vacío,

el negro vacío

del olvido.

“¡Oiga lárguese,

más respeto

con el maestro!,

me espetó

el viejo librero

indignado.


Dolido y

decepcionado

volví sobre mis pasos.        

No, la búsqueda

no había terminado  

y talvez nunca

terminaría,  

pero yo

ya no tenia 

mucho tiempo

¿verdad, 

Margarita de Nueces?


Venezuela, aparta de mí este caliz

Finalmente, ocurrió

nuestro bastión

más fuerte,

el que alentaba

bajo un arco de ocho estrellas

y estaba a la cabeza

de nuestros sueños

de integridad continental;

nuestro bastión

de tantos años

gravitados en sueños

y en culpa,

fue sometido

al fuego de la muerte.


Como 

en casos anteriores,

una vez más,

la maquinaria

de la muerte

se puso en movimiento

y desde el Mediterráneo

movilizó una mole

de acero inexpugnable

contra él.


Sí,

una mole de armas

y tropas

cuya sombra compacta

se recortaba sobre

el borde del planeta

como una pesadilla

mientras se desplazaba

con su propio

oceano-cementerio

hasta alcanzar

las aguas del Caribe

entre los aullidos insanos

de la gran prensa farisea.


Ya allí, apuntó

a la cabeza

de nuestra Patria Grande

y abrió fuego. ¡Fuego!


(Es lo que hace 

la maquinaria de la muerte:

abrir fuego

desde alguna 

de sus bocas

y crear cementerios)


El estruendo

se oyó en todo el mundo

y pareció franquearle

a la muerte

el bastión

de nuestra soberanía

y nuestros sueños.

Y aun se oía

sobrecogiendo el mundo

cuando la implacable

maquinaria de la muerte

volvió a ponerse

en movimiento.

Negro heraldo del amor

Encontrarlos allí

en el fondo

del caserón vacío

con sus figuras

plegadas sobre el piso

obrando sobre los retazos

de cartón

una nueva oportunidad

para la reparación

y la memoria,

la memoria y la justicia,

lo dejó sin aliento

a él que no lo tenía.


¿Quienes eran

esos niños y niñas?

¿Dónde estaban

los veteranos

que solían reunirse allí

en ese caserón solariego

con las arengas

y consignas

de siempre?

¿Dónde estaban

los sobrevivientes

de aquella generación

casi extinta

que abrazó la causa

de la revolución

y pagó caro por ello?

Sobrevivientes

asimismo

de la pandemia,

él solía reunirse allí

con ellos

y hablar incluso

con quien tenía

el aire más efusivo

y estaba señalado,

en consecuencia,

por la muerte.


¿Dónde estaban, pues,

los veteranos?

Lo cierto es que

en lugar de ellos

estaban esos intrusos,

esa tropilla de niños

concentrada en lo que hacía:

pegar y cortar,

cortar y pegar

he infundir su amor

a los ataúdes 

que confeccionaban.

Ataúdes de cartón, sí,

pero también,

y sobre todo, de protesta.


Una niña

de melena oscura

y aire rosagante

se inclinaba sobre

el pequeño ataúd                 

que forraba de blanco               

¡cómo se avenian sus manos

a reparar de algún modo

lo irreparable!

¡cómo se aclaraba en ellas

la esperanza!

La esperanza, el amor,

una nueva oportunidad

para la memoria

y la justicia.


No,

entre ellos y él

no había nada

o solo habían

esos ataúdes de cartón

y el afán de esa tropilla

de enprenderla con ellos

contra los verdugos.



No,

no era una mascarada.

La gran mascarada,

en todo caso,

estaba afuera,

en esa ciudad envuelta

en el aire viciado y decadente

de julio que se disponía

a recibir el gran feriado patrio

entre grandes muestras

de adhesión a los verdugos.


¿Serían esos intrusos

los nietos de los veteranos?,

se preguntó por último

el aborrecido.

Y volvió

sobre sus pasos

sospechando 

que no eran tanto

sus nietos como quienes

continuaban a su modo

las arengas de siempre.

Arengas por reparación

y memoria, memoria

y justicia, justicia

y dignidad.



Créditos de la imagen a quien corresponda.

Rímac

  Hace mucho que dejó de ser un río. Sus aguas turbias                                      y de espumarajos malolientes no son aq...