Hace mucho
que dejó de ser
un río.
Sus aguas
turbias
y de espumarajos
malolientes
no son aquellas
que siglos atrás
retozaban al sol
y fecundaban
a su paso las
campiñas
tamizadas de
canto
de nuestros
antepasados.
Ese río
ya no existe
(las campiñas
tampoco)
En su lugar hay
un
curso de aguas
hervidas
que atravieza
la megalomanía
de la gran Lima
y desciende al
mar
entre abcesos de
desmonte
y demas deshechos.
En un punto
de su ladera sur,
sin embargo,
se levantan
unas ruinas
ancestrales
de geometría
escalonada
como una rara
eminencia
de adobe y
piedras
cuyos fuegos
ceremoniales
ya no se ven
desde hace siglos
pero que alguna
vez
aquel río extinto
alcanzó a
reflejar
en sus aguas
beatificas.
Afantasmadas
por la
megalomanía
de la gran Lima
y su virulencia
atroz,
estas ruinas
evocan
de algún modo
la sagrada
intimidad
de nuestros
antepasados
con aquel río
extinto,
su fresca vigilia
de hombres
ribereños,
plenos de
devoción y gratitud
hacia aquellas
aguas
que se perdieron
para siempre
en el fondo incierto
de nuestra
historia.