Venezuela, aparta de mí este caliz

Finalmente, ocurrió

nuestro bastión

más fuerte,

el que alentaba

bajo un arco de ocho estrellas

y estaba a la cabeza

de nuestros sueños

de integridad continental;

nuestro bastión

de tantos años

gravitados en sueños

y en culpa,

fue sometido

al fuego de la muerte.


Como 

en casos anteriores,

una vez más,

la maquinaria

de la muerte

se puso en movimiento

y desde el Mediterráneo

movilizó una mole

de acero inexpugnable

contra él.


Sí,

una mole de armas

y tropas

cuya sombra compacta

se recortaba sobre

el borde del planeta

como una pesadilla

mientras se desplazaba

con su propio

oceano-cementerio

hasta alcanzar

las aguas del Caribe

entre los aullidos insanos

de la gran prensa farisea.


Ya allí, apuntó

a la cabeza

de nuestra Patria Grande

y abrió fuego. ¡Fuego!


(Es lo que hace 

la maquinaria de la muerte:

abrir fuego

desde alguna 

de sus bocas

y crear cementerios)


El estruendo

se oyó en todo el mundo

y pareció franquearle

a la muerte

el bastión

de nuestra soberanía

y nuestros sueños.

Y aun se oía

sobrecogiendo el mundo

cuando la implacable

maquinaria de la muerte

volvió a ponerse

en movimiento.

Negro heraldo del amor

Encontrarlos allí

en el fondo

del caserón vacío

con sus figuras

plegadas sobre el piso

obrando sobre los retazos

de cartón

una nueva oportunidad

para la reparación

y la memoria,

la memoria y la justicia,

lo dejó sin aliento

a él que no lo tenía.


¿Quienes eran

esos niños y niñas?

¿Dónde estaban

los veteranos

que solían reunirse allí

en ese caserón solariego

con las arengas

y consignas

de siempre?

¿Dónde estaban

los sobrevivientes

de aquella generación

casi extinta

que abrazó la causa

de la revolución

y pagó caro por ello?

Sobrevivientes

asimismo

de la pandemia,

él solía reunirse allí

con ellos

y hablar incluso

con quien tenía

el aire más efusivo

y estaba señalado,

en consecuencia,

por la muerte.


¿Dónde estaban, pues,

los veteranos?

Lo cierto es que

en lugar de ellos

estaban esos intrusos,

esa tropilla de niños

concentrada en lo que hacía:

pegar y cortar,

cortar y pegar

he infundir su amor

a los ataúdes 

que confeccionaban.

Ataúdes de cartón, sí,

pero también,

y sobre todo, de protesta.


Una niña

de melena oscura

y aire rosagante

se inclinaba sobre

el pequeño ataúd                 

que forraba de blanco               

¡cómo se avenian sus manos

a reparar de algún modo

lo irreparable!

¡cómo se aclaraba en ellas

la esperanza!

La esperanza, el amor,

una nueva oportunidad

para la memoria

y la justicia.


No,

entre ellos y él

no había nada

o solo habían

esos ataúdes de cartón

y el afán de esa tropilla

de enprenderla con ellos

contra los verdugos.



No,

no era una mascarada.

La gran mascarada,

en todo caso,

estaba afuera,

en esa ciudad envuelta

en el aire viciado y decadente

de julio que se disponía

a recibir el gran feriado patrio

entre grandes muestras

de adhesión a los verdugos.


¿Serían esos intrusos

los nietos de los veteranos?,

se preguntó por último

el aborrecido.

Y volvió

sobre sus pasos

sospechando 

que no eran tanto

sus nietos como quienes

continuaban a su modo

las arengas de siempre.

Arengas por reparación

y memoria, memoria

y justicia, justicia

y dignidad.



Créditos de la imagen a quien corresponda.

Rímac

  Hace mucho que dejó de ser un río. Sus aguas turbias                                      y de espumarajos malolientes no son aq...