Finalmente, ocurrió
nuestro bastión
más fuerte,
el que alentaba
bajo un arco de ocho estrellas
y estaba a la cabeza
de nuestros sueños
de integridad continental;
nuestro bastión
de tantos años
gravitados en sueños
y en culpa,
fue sometido
al fuego de la muerte.
Como
en casos anteriores,
una vez más,
la maquinaria
de la muerte
se puso en movimiento
y desde el Mediterráneo
movilizó una mole
de acero inexpugnable
contra él.
Sí,
una mole de armas
y tropas
cuya sombra compacta
se recortaba sobre
el borde del planeta
como una pesadilla
mientras se desplazaba
con su propio
oceano-cementerio
hasta alcanzar
las aguas del Caribe
entre los aullidos insanos
de la gran prensa farisea.
Ya allí, apuntó
a la cabeza
de nuestra Patria Grande
y abrió fuego. ¡Fuego!
(Es lo que hace
la maquinaria de la muerte:
abrir fuego
desde alguna
de sus bocas
y crear cementerios)
El estruendo
se oyó en todo el mundo
y pareció franquearle
a la muerte
el bastión
de nuestra soberanía
y nuestros sueños.
Y aun se oía
sobrecogiendo el mundo
cuando la implacable
maquinaria de la muerte
volvió a ponerse
en movimiento.
