Autumnal

                                                                                               ¡Oh, nunca,

                                                Piérides, diréis las sacras dichas

que en el alma sintiera!

         Rubén Darío


Aderezados y vestidos para una fanfarria o una mascarada de poca monta, la tropilla de niños artistas se puso en marcha bajo el sol del mediodía. Puestos a protestar, solo sabían hacerlo artísticamente, y a su paso por las calles del centro histórico no causaban mayor disturbio o alboroto que el que causaba el intenso tráfico con sus bocinas.

¡Los artistas unidos jamás serán vencidos!

Unos meses antes, la policía había reprimido brutalmente las manifestaciones en contra del régimen de Boluarte. Y si bien la represión en Lima no devino en una masacre como ocurrió en las regiones del sur, también aquí cobró víctimas mortales. De hecho, la ejecución de una de ellas por parte de un efectivo de la policía fue captada por una cámara de vigilancia y transmitida luego por las redes sociales: todos la vieron, pero ahora casi nadie quería acordarse de ello. El régimen había logrado imponerse a sangre y fuego.

Así las cosas, en la tropilla no había un ánimo precisamente desafiante: ganar la calle no era su propósito: avanzaban por un lado de la misma, sobre la acera, si bien ruidosamente, y sin dejar de respetar el cambio de color de los semáforos. Lo suyo era una especie de llamativa marcha peatonal: muchos tenían máscaras, otros tocaban sus instrumentos musicales y no faltaban quienes llevaban sus cuadros en las manos. Y si bien había cierto temor entre ellos, también había indignación: la mayoría estudiaba en alguna de las cuatro instituciones públicas cuyo presupuesto, ya bastante magro, el ministerio de economía y finanzas amenazaba recortar. Instituciones históricas que tenían un común denominador: eran Escuelas Superiores de Formación Artística.

¡Los artistas unidos jamás serán vencidos!

De haber estado en el lugar de cualquiera de los curiosos que miraba la marcha, Paul la hubiera juzgado como la nota estrafalaria del día. Sin embargo, marchaba con la tropilla –o se representaba la ilusión de que lo hacía- si bien más patético que estrafalario.

Algo rígido dentro de su saco, Paul, por alguna razón, apenas sí secundaba las arengas que lanzaban los niños artistas.

¡Los artistas unidos jamás serán vencidos!

¡Un país sin cultura es un país en dictadura!

El punto de encuentro había estado en el Paseo de los Héroes Navales. De ahí la tropilla –alrededor de cincuenta estudiantes- se dirigió a la sede del ministerio de economía y finanzas en el jirón Junín. Curiosamente, no vieron en el trayecto a ningún efectivo de la policía. Todavía. ¿Estarían apurando su almuerzo para presentarse allí lo antes posible y desalojarlos de la calle?

Entre arengas y fintas, finalmente, llegaron y se apostaron frente al enorme y feo edificio: Ministerio de Economía y Finanzas se podía leer en letras grandes y negras en la fachada del mismo. Naturalmente, nadie salió a recibirlos, y tampoco en la tropilla surgió la idea de enviar a un representante con su “pliego de reclamos”. ¿Crecía el temor? ¿Estaban intimidados? Ya mucha suerte tenían de no haberse topado aún con los efectivos de la policía. ¿Estarían ya camino a desalojarlos?

Sobre sus cabecitas ardientes y soñadoras, caía ahora, pesadamente, la sombra del tétrico edificio. Paul sintió un escalofrió. Entre esos fríos muros, toda una tecnocracia de funcionarios con ínfulas señoriales administraba el erario público: bajo el nuevo régimen, recortar el presupuesto de las instituciones públicas consagradas a la formación artística era su consigna. Y mientras tanto el presupuesto para la publicidad estatal en los grandes medios privados había vuelto a ser el de antes: por demás jugoso. “La mermelada”, pensó Paul indignado.

¡Los artistas unidos jamás serán vencidos!

¡Un país sin cultura es un país en dictadura!

A la sombra del tétrico edificio, Paul no pudo dejar de pensar en su extraña suerte: de haber culminado la carrera de economía -había desertado de ella hacía varios años- probablemente estaría allí dentro y no afuera con esa tropilla de niños artistas. ¡No sería un viejo lechuguino, sino todo un señor profesional de las finanzas públicas! ¡Un tecnócrata inaccesible a los engaños del arte y el populismo! Recordó cuando se evadía de sus clases en la Facultad de Economía para infiltrarse en la biblioteca de la Facultad de Letras y Humanidades: allí, como una sombra impenitente, leía libro tras libro. Sin embargo, ¿no era también él ahora, en medio de esos niños artistas, una especie de infiltrado o de sombra impenitente?

Puestos a arreciar con su protesta, la tropilla improvisó allí mismo una fanfarria o una mascarada de poca monta. En medio de la algazara, Paul sacó su celular y procedió a tomarse un selfie panorámico. Con ambas manos, elevó el celular justo por encima de su cabeza y, mirando a la pantalla, accionó la cámara. ¿Subiría la foto a su estado de whatsaap?, se preguntó al cabo. Sin embargo, cuando revisó la foto su sorpresa fue mayúscula: por encima de su hombro izquierdo, entre el jolgorio de la tropilla, asomaba un sublime rostro de mujer. ¡Alzando los brazos, ella sonreía, adorablemente, mirando también a la cámara de Paul! Este, en cambio, aparecía con una sonrisa entre impostada y melancólica. Casi sin aliento, Paul giró, raudo, hacia su izquierda: ella ya no estaba allí. ¡Ella! ¡El hada inmortal de todos esos niños!, ¡la musa inveterada y excelsa! ¡La Belleza en persona! En los minutos siguientes, Paul trató de hallarla entre el jolgorio de los niños artistas. Como olvidados del propósito que los había traído hasta allí, estos se entregaban a toda suerte de lances artísticos -danzaban, tocaban, pintaban, etc- con una alegría contagiosa. Y ella ¿dónde estaba? ¿No fue por ella que él, Paul, se volvió un desertor, un renegado de la vida formal o señorial? ¿No fue por seguirla que su vida se debatía ahora entre el llanto y la risa? ¿No era él también uno de sus niños?

Lo cierto es que por más que buscó, Paul no la halló por ninguna parte: ni en la fanfarria misma, ni entre los curiosos que atestiguaban esta última, ni más allá aún.

Resignado, Paul se alejó del tumulto y, apoyando la espalda contra el muro del edificio ministerial, volvió a revisar la foto. No, no era un espejismo: allí estaba ella, cuan hermosa era.

Bien puedes sonreír así porque esa es tu dicha -dijo Paul en un sentido susurro- y quien sonría contigo talvez pueda también hacerla suya.

Luego, lanzando un suspiro, volvió con la tropilla o con lo que quedaba de esta, pues, mientras tanto, muchos de sus integrantes ya se habían retirado.

Paul, el artista impenitente, hizo lo propio unos minutos después.

Rímac

  Hace mucho que dejó de ser un río. Sus aguas turbias                                      y de espumarajos malolientes no son aq...