Incierta,
la luz
de un día mas
declinaba
y ya las sombras
ganaban
otra vez
mi corazón
estrujado
cuando lo vi,
vi al padre
de Margarita de
Nueces:
departía entre
sonrisas
con un viejo
librero
del jirón Quilca.
Había devanado
mis pasos
todos estos años
entre los
tiznados muros
de la capital
sin acertar
con la figura
de Margarita de
Nueces
o confundiéndola
con la de otras
beldades
de ojos
clarísimos
y uñas
almendradas,
Daniela, Ligi
o Angie
¿Y Margarita?
¿En qué lugar
bajo este cielo
apocalíptico
sonreía con aroma
de nueces?
Y ahora, de
golpe,
tenía
a su propio
padre frente a mí
“¡Es él!”, me
dije.
Desde
la última vez
que lo vi
su figura
había declinado
bastante
y su
característico
traje crema
estaba más
viejo y raído
Su sangre,
su bendita sangre,
sin embargo,
era la que tenia
Margarita de
Nueces
y alentaba en
ella
el milagro
de su belleza
insaciable.
¿Estaba
Margarita cerca?
Alrededor
del viejo maestro
¿no
trascendía
todo a ella,
a su
perfume?
¿No tentaba yo
el cáliz
de la poesía
mientras
me acercaba a él
para preguntar
por su hija?
“No escucha”,
me dijo el viejo
librero
cuando finalmente
saludé al padre
de Margarita de
Nueces
Su apellido
había brillado
por primera vez
cuando ella
con su belleza
prematura
deslumbró
al jurado de un
certamen
de literatura.
Y si bien no ganó
¡sí llego a la
gran final!
Casi medio siglo
después
el padre tal vez
ni se acordaba de
ella.
Entonces,
desesperado
lo miré a los
ojos
y rompí a gritar
“¿Dónde está
Margarita de Nueces?,
¡dígame
donde está!,
¡no me queda
mucho tiempo!,
¡donde está!”.
Una nube negra,
cruzó la mirada
del maestro
y esta se deslizó
hacia el vacío,
el negro vacío
del olvido.
“¡Oiga lárguese,
más respeto
con el maestro!,
me espetó
el viejo librero
indignado.
Dolido y
decepcionado
volví sobre mis
pasos.
No, la búsqueda
no había
terminado
y talvez nunca
terminaría,
pero yo
ya no tenia
mucho
tiempo
¿verdad,
Margarita de Nueces?