Nuestro norte es el sur III

En otro tiempo, no mucho antes de la pandemia, la Feria del libro de Lima aun podía tentarme y hasta exaltarme con ciertos resabios de poesía. Aún no había perdido del todo el brillo de su primera época, cuando el ingreso era libre y el espacio que abarcaba, a un lado de la avenida La Marina en San Miguel, era mucho más grande. San Miguel es un distrito semiperiférico de Lima, ubicado frente al mar y a inicios del siglo contaba con un gran espacio para la realización de eventos anuales como la Feria del hogar o la Feria del libro de Lima. Ahora sobre ese espacio se levanta un inmenso centro comercial. Otro más.

Con el tiempo, la feria se trasladó a espacios de menor extensión cuando no peor acondicionados, pero que tenían algo en común: se hallaban en los dominios de la Lima burguesa: distritos de Surco o Jesús María. ¿Fue por eso que la entrada empezó a tener un costo –actualizado siempre al alza- y la feria devino en una institución más del feriado patrio limeño? Ignoro la respuesta. En cualquier caso, yo no dejaba de volver año tras año a fin de recorrer sus instalaciones portátiles y llevarme eventualmente un par de libros. Libros de los que por cierto ignoraba todo al momento de entrar a la feria, salvo quizá que era preferible buscarlos en alguna librería de viejo de la misma -El Aleph por ejemplo- o en el stand de alguna importadora -los precios allí eran por lo general bajísimos- el resto, ¿autor? ¿título?, lo sabría demasiado bien cuando los viese. Nunca fui buscando algún título en particular, ni tampoco me interesó nunca adquirir alguno de los que estaban en boga.

La entidad que organiza la FIL es la Cámara peruana del libro, o sea la patronal de la industria del libro, y su enfoque invariablemente comercial, pero alguna vez hubo un stand, uno solo, que respondía al enfoque opuesto: los libros allí no se vendían, ni aun por debajo de su costo, no: directamente se obsequiaban. Un enfoque social que parecía una extravagancia en el Perú del neoliberalismo, pero que en otro país era adoptado por el estado nacional en su política de promoción cultural: ese país era la República Bolivariana de Venezuela. Como otros países de nuestra región, también Venezuela estaba presente en la feria con un stand y quien se interesase por alguno de los libros de su catálogo podía llevarse el mismo sin pagar un céntimo. Y hubo un año o dos en el que el interesado podía haberse llevado hasta dos libros de su elección. Esto ocurría durante los años posteriores a la crisis del 2008, los mismos que se caracterizaron, entre otras cosas, por el altísimo precio que alcanzó el barril de petróleo: principal producto de exportación del país llanero.

Naturalmente, todos los libros habían sido editados con fondos del estado venezolano y la mayoría formaba parte de una colección o biblioteca popular cuyos volúmenes contaban con una página pre liminar con las mismas palabras de presentación. De hecho, la frase final era más bien una consigna: “¡Moral y luces que la palabra sea inspiración para el ímpetu del poder popular!” ¿Regalar libros?, ¿regalar cosas?, ¿no es acaso eso una muestra de la política que llevó a la quiebra al estado venezolano? ¿no hacia eso parte de un derroche que acabó arrastrando a la economía venezolana a la debacle actual? ¿acaso no estamos prevenidos los latinoamericanos contra el gasto irresponsable del estado y sus consecuencias? Sin embargo, es preciso ser claro con quienes la emprenden de esta guisa contra el estado venezolano y señalar una vez más que la debacle del mismo fue precipitada por las sanciones económicas impuestas por los Estados Unidos de América en el año 2015: como una de sus últimas medidas en el gobierno, el presidente “progresista” Barack Obama firmó entonces el decreto que declaraba a Venezuela como una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos con todo lo que eso supuso. Ni que decir tiene que esta medida absurda y a un tiempo criminal continuó y las sanciones arrecieron durante el primer gobierno de Trump.

El stand de Venezuela no figuró en las lista de participantes de la ultima edición de la FIL.


Señalaba líneas atrás que la entidad que organiza la FIL es la Cámara peruana del libro, o sea la patronal de la industria del libro, y en su ámbito son principalmente los fastos de esta industria -con sus títulos y autores mainstream- los que se exaltan y venden. Así ha sido siempre. Sin embargo, no recuerdo haber asistido a una edición de la feria tan comercial como la recién pasada. Parecía un mal simulacro de si misma. No era ya el mes de Julio cuando me cité y reuní allí con nuestro camarada Samuel, pero era la resaca del reciente feriado patrio lo que sentía a mi alrededor. El tercer feriado patrio bajo el régimen espurio y asesino de Dina Boluarte.

Yo que le había dado la bienvenida a nuestro camarada a una ciudad, Lima, de la que nunca me he sentido parte, ahora concurría con él a su capítulo quizá más culturoso, pero no por ello menos viciado y decadente.

Bajo el entoldado, las instalaciones de la feria se veían más apretadas, más deslucidas ¿era por qué una parte más grande de estas funcionaba ahora como expendios de comida? No recordaba que hubiese hasta tres patios de comida, sin contar el humoso enclave de una conocida cadena de pollería. ¿Habían sacrificado parte de las áreas comunes o de tránsito a otros rubros mucho más comerciales? ¿Era uno de esos rubros el de los grandes medios corporativos? Porque, eso sí, no importaba que estos fariseos, aliados sinuosos del régimen, no ofreciesen ningún libro, igual sus dos módulos –del diario El Comercio y del canal Latina- estaban entre los más grandes y llamativos, y se hallaban en el corazón de la feria. En el otro extremo, elaborando su contenido alternativo y sin mayores recursos, vi a un conocido booktuber. Uno solo: medraba en los alrededores de uno de los patios de comida.

Así, a despecho de toda la alegría que sentía por ver de nuevo al buen Samuel, mi ojeriza no daba signos de remitir.

Y si en otro tiempo no hubiera dejado de llamar la atención de nuestro camarada sobre alguna bondad de la FIL -la presencia de una editorial popular y alternativa como Achawata por ejemplo- ahora solo la emprendí contra esta. “Considérame un detractor de esta mierda”, le dije a nuestro camarada. De hecho, no dejé de evocar la breve experiencia de la Antifil: esa contrapropuesta que reunía a algunos renegados de la industria del libro y que, lamentable, aunque previsiblemente, no pudo sobrevivir a la pandemia.

Sin embargo, no fue hasta advertir que en toda la FIL no era posible hallar el recién publicado libro de Andrés Manuel López Obrador que mi tirria arreció.

Era la primera vez que asistía a la FIL buscando un título en particular y este no estaba. Tantos libros como se vendían y exhibían en ese tinglado de feria y el publicado por el presidente del país más grande de hispanoamérica simplemente no estaba. En cambio, la publicación de otro presidente bien que era ofrecida a viva voz en un corredor de la feria. “Aquí tienen el libro de Javier Milei”, salmodiaba agencioso un "libertario" limeño en un stand de literatura "libertaria". “Es la primera vez que veo un stand de esta gente en la FIL”, le dije a nuestro camarada. Era el acabose. Recordé que en la edición anterior, el año 2023, México iba a ser el país invitado de honor de la FIL, sin embargo la postura que adoptó su gobierno contra el gobierno espurio de Dina Boluarte supuso, entre otras cosas, que rechazara esta invitación. Postura que, por cierto, honró al gobierno mexicano y a su presidente a ojos de la gran mayoría de peruanos. Ya en el 2024, México participaba de la FIL como un invitado más: tenía un módulo convencional en la zona internacional. Sin embargo, allí solo se exhibían motivos del rico folclore mexicano. Y por lo que me dijo nuestro camarada, el libro de AMLO no había sido editado por el Fondo de Cultura Económica (la más grande editorial mexicana): así que en el módulo de este tampoco estaba. “Como sabes el Fondo es público y hubiera parecido una mamada al jefe”, señaló nuestro camarada. Luego agregó que el libro –uno de los más vendidos ese año en México- había aparecido con una firma transnacional: Planeta. Sin embargo, en el módulo de esta última el libro brillaba por su ausencia. “No lo tenemos”, nos confirmó un dependiente. ¡El libro malvenido de Milei en cambio lo ofrecían a viva voz en un stand de literatura “libertaria”!

¿Diferencias? El presidente de México ya culminaba su gestión al frente de la nación azteca con una alta aprobación ciudadana y quien tenía asimismo las más altas probabilidades de sucederlo en el cargo era alguien de su propio partido: Claudia Sheinbaum. En buena cuenta, y para ser la primera gestión de izquierda en décadas, el presidente había cumplido con las expectativas ciudadanas, salía por la puerta grande y pasaba la posta a la primera mujer presidenta de México. “Gracias” se llamaba el libro con el que su autor consagraba su paso por la presidencia del país con mayor número de hispanohablantes del mundo y segunda economía en Latinoamérica. En el otro extremo, estaba Javier Milei, presidente de Argentina, que ni siquiera había cumplido la mitad de su accidentada gestión y ya era elevado en las brumas del triunfalismo más patético por sus seguidores: para alimentar toda esa bruma mediática había escrito el libro de marras.

¿Otras diferencias? Muchas, demasiadas, tantas como las hay entre un dar las gracias y una amenaza con motosierra.



Nuestro norte es el sur IV

Era ya entrada la noche cuando recalamos en el Retama.

Yo no conocía el lugar, ni siquiera había oído hablar de él, pero Samuel por lo visto ya había hecho algunos amigos o camaradas allí. Apenas entramos, lo vi cambiar algunas palabras de saludo con ellos. Algo perplejo, yo me quedé unos pasos detrás suyo mientras observaba a mi alrededor. ¿A dónde habíamos llegado? Aunque nuestro camarada Samuel era el “turista”, era yo el sorprendido.

De pequeñas dimensiones, no era un bar histórico el Retama, apenas tenía unos meses funcionando, pero la camaradería que se respiraba allí en ese instante era añeja. Las mismas canciones que interpretaba sobre una tarima un veterano de la guitarra eran añejas: temas de Víctor Jara, de Violeta Parra, de Silvio Rodríguez. Cantos de protesta, en suma, de moda entre la juventud latinoamericana de medio siglo atrás. En realidad, casi toda la concurrencia del Retama esa noche estaba compuesta por veteranos, si no por sobrevivientes, de la misma generación. Una generación en camino de extinguirse, pero que en su momento tentó la causa de la revolución.

El veterano artista sobre la tarima era quien presidia con su canto y su guitarra la velada, así que nuestro camarada y yo nos ubicamos detrás de una de las mesas del bar para seguir su repertorio. Cantaba y tocaba, y una larga cabellera gris caía a ambos lados de su rostro cetrino.

¡Una cerveza por favor! oí que pedía nuestro camarada.

Pensé, recuerdo, que yo tampoco era joven, empero no hacía mucho que había dejado de serlo –con la pandemia para ser más exactos- y la perspectiva que me ofrecía esa noche la concurrencia del Retama no dejaba de ensombrecerme. ¿La ironía de mi vida ahondándose en una especie de elegía? ¿Eso era lo que me deparaba el porvenir? ¿Ese era mi fin inevitable?  Ironía execrable, fracaso de antemano: tentar como ellos la revolución, la utopía, el amor universal, pero desde una soledad impenitente, desde el autoexilio.

Sí, irónicamente un año antes de que sobreviniera la pandemia yo volví a ser lo que había sido varios años atrás: un estudiante universitario, pero sobre todo un enamorado impenitente y bufo. Como la anterior, la universidad donde cursaba estudios de letras actualmente también era pública: la Universidad Nacional Federico Villarreal. Así, contra lo que había hecho hasta el 2019, intenté desde entonces asumir la literatura como una profesión, ¡ya no más como una creación febril y solitaria! Obstinarme en esto último había implicado desertar de la carrera de economía y un autoexilio de años -era solo yo y mi escritura entre cuatro paredes- y a la postre malbaratar mi juventud por nada, literalmente por nada: los borradores de las tres novelas que escribí en ese tiempo nunca terminaron de convencerme. Dos de esas novelas de corte revolucionario, por cierto. ¡Ríos y ríos de tinta que no alcanzaron a hacer florecer el desierto!

Sin embargo, el año 2020 sobrevino la pandemia y si no morí en ella, emergí del encierro que trajo consigo con más textos fallidos a cuestas y convertido ya para siempre en una especie de fantasma o de monstruo. Y así volví a la universidad el año 2022.

Con un principio de melancolía, me volví hacia nuestro camarada: lo vi conversar animadamente con un veterano que se había acercado a nuestra mesa. Nuestro camarada, estaba en vena, como siempre. Recordé haberle confesado en un encuentro anterior que en arte era reaccionario, conservador, pero bien mirado ¿acaso no lo era, a fuerza de egotismo, en todo el maldito sentido de la palabra? ¿acaso no contribuí así al fracaso histórico de mi generación?, ¿qué derecho tenía yo de criticar a la nueva generación y calificarla de superficial o indiferente políticamente hablando? Estos veteranos eran hijos de su tiempo, como yo del mío, y ahora nos encontrábamos en este, de ChatGpt, donde una nueva generación de peruanos también caminaba hacia el fracaso. Nuestro camarada y yo la habíamos visto unas horas antes en la Villareal: la nueva generación de profesionales en ciernes. Entre ellos, mis compañeritos de letras: presenté a mi camarada a los más cercanos e incluso pudo asistir a nuestra clase de Interpretación literaria III. Como en la imagen final de la novela Amuleto de Roberto Bolaño, a veces los veía a todos ellos avanzar cantando hacia el abismo. ¿Y que había hecho yo todo ese tiempo en lugar de alertarles?, ¿qué hacía ahora? Tomé mi vaso y, luego de servirme de la botella, apuré un trago. Sobre la tarima, el veterano artista seguía obsequiándonos con su voz y su guitarra, sentidas coplas de protesta.

Recién entonces advertí la presencia de un par de chicas con apariencia de universitarias: instaladas en una esquina del local, compartían su mesa con una pareja de veteranos: un hombre y una mujer de cabellos grises que por la edad bien podían ser sus padres (aunque era claro que no lo eran). Como la presencia de nuestro camarada -con su aire de niño entrado en años y su aro en la nariz- también la de ellas allí era una especie de singularidad, sobre todo la presencia de la más guapa: de ojos lanceolados y figura espigada, la joven seguía con visible entusiasmo el canto del veterano sobre la tarima. “Son pareja”, me dijo nuestro camarada. “¿Quiénes?”. “Esas dos”. “¿Cómo sabes?”. Nuestro camarada se volvió hacia el veterano que hablaba con él: “¿Son pareja verdad?”. “Sí –contestó el veterano- ¡que desperdicio!”. Claro, a ojos de su generación cuando no de la mía, ambas jóvenes hacían una mala pareja. Generaciones fracasadas ¿qué autoridad tenían para menospreciar a la nueva generación y sus amores? Sí, nuestro camarada y yo ya la habíamos visto unas horas antes en la Villareal: sobre sus cabecitas ardientes y soñadoras caía ya la mortaja de lo establecido. Pero no lo sabían. ¿Y que hice yo en lugar de advertirles, despabilarlos y llamarlos a la creación heroica? Pues enamorarme y apurar el cáliz de la poesía hasta las lágrimas. ¡Imbécil! “El último libro que leí de un autor mexicano fue el Polifemo sin lágrimas”, le dije sonriendo apenas a nuestro camarada. “¡El gran Pocho Kings!”, contesto él.

Chocamos nuestros vasos y pedimos otra cerveza.

Una semana después de este encuentro, nuestro camarada abandonó Lima: debía continuar su camino y remontar el continente hasta llegar a su hogar en la región más transparente como la había llamado Alfonso Reyes. ¿Cuánto había cambiado a nuestro camarada esos meses de travesía solitaria por el gran sur andino, el conocimiento de tantas realidades y voces como había hallado a un lado y otro de la cordillera?  Acaso solo quienes lo recibiesen allá en su hogar podrían precisar el alcance de este cambio: sus familiares y camaradas. Y eran tantos estos últimos: lo sabía por lo que había visto en sus redes sociales. Nuestro camarada era alguien muy querido en su terruño, ¡sin contar los lazos de camaradería que había entablado durante su travesía! Entre ellos, el que había entablado conmigo, y esto en apenas tres o cuatros encuentros que ambos sostuvimos durante su visita a Lima. Sin embargo, mientras nos despedíamos yo sentí que con él se iba, si no toda mi camaradería, una parte vital de la misma y así se lo dije. Con todo, supe sobreponerme a la tristeza: “¡Marchando hombro a hombro a pesar de la distancia, camarada!”, le dije al momento de despedirme de él.

Sí, marchando a pesar de la distancia, marchando a pesar de las amenazas que se ciernen en el horizonte, marchando y cantando a pesar de todo.

 

 


El pobre Donatien Alphonse Francois

                                                                                   En la soledad de los calabozos, Sade tuvo también su noche

                                                                                                                                     ética parecida a la noche intelectual con la que se envolvió

                                                                                                                                     Descartes. No logró el surgimiento de la evidencia, pero por

                                                                                                                                     lo menos discutió las respuestas demasiado fáciles.

                                                                                                                                                                                                              Simone de Beauvoir


Sade, el rebelde

Cuando salió de prisión en 1790, luego de once largos años de encierro, Sade ya no era tanto un aristócrata como un ciudadano: la revolución había triunfado en Francia y la instauración de la república era prácticamente una realidad. De hecho, su liberación no fue un caso aislado: todos los presos del absolutismo fueron puestos en libertad por la revolución triunfante. Todos, incluidos quienes estaban presos no por razones políticas sino por otros delitos: entre estos últimos el propio Sade. No, nuestro autor, no era un revolucionario, pero a su modo era un rebelde. ¿Y cuál es la diferencia? ¿Y qué modo de rebelión era el suyo?

Según Camus en su ensayo El hombre rebelde, la diferencia estriba en dos elementos: la historia y la idea. Así, el sujeto rebelde puede prescindir de la historia o no es necesario para él alterar el curso de la misma en función de una ideología revolucionaria; su horizonte de transformación no involucra necesariamente la vastedad de la sociedad en la que vive. Bien puede ocurrir que así sea, pero no siempre es ese el caso. De hecho, con el mismo fervor el sujeto rebelde puede decantarse por una contrarrevolución o un proceso restaurador (los rebeldes aristocráticos-románticos son un ejemplo de eso según Bertrand Russell). Y con el mismo fervor puede prescindir de una proyección social material y recogerse en su intimidad para emprenderla teórica o ficcionalmente contra todo lo que le rodea. En este último caso, en palabras de Camus, estaríamos ante un rebelde metafísico. ¿Y quién fue, según el nobel francés, el primer rebelde metafísico de la historia? Pues nuestro autor: Donatien Alphonse Francois de Sade, el Marqués de Sade. Señala Camus:

Históricamente la primera ofensiva coherente es la de Sade, quien reúne, en una sola máquina de guerra, los argumentos del pensamiento libertino hasta el cura Meslier y Voltaire. Su negación es también, no es necesario decirlo, la más extremada. Sade no saca de la rebelión sino el no absoluto (…) Toda ética de la soledad supone el poder.  A este título, Sade es ejemplar en la medida en que, al ser tratado de una manera atroz por la sociedad, reaccionó él también de una manera atroz. (Camus, 1967 , p.142)

En efecto, ¿quién antes de Sade dio cima a una obra literaria tan ácida, donde zozobraban todos los valores, todas las certezas vigentes hasta entonces? Desde Dios hasta la religión, pasando por la moral y las convenciones sociales, nuestro autor dio en el polvo con todo, pero en nombre no tanto de la revolución como de una rebelión personal, metafísica. Lo revolucionarios, los rebeldes históricos como los llama Camus, estaban empeñados en pasar de la idea a la práctica, del dicho al hecho: decapitaron al representante de Dios en la tierra, el rey Luis XVI, y harían lo propio con quien se opusiese a la revolución y a la república. Libertad, igualdad y fraternidad universales era su consigna.

Con todo, Sade no fue ajeno al electrizante clima revolucionario: nuevamente libre, no dejó de transitar los primeros días de ese nuevo tiempo con entusiasmo ¿Acaso confundía la libertad con el libertinaje? ¿Vio en la nueva situación la ocasión de llevar a cabo sus ensueños de monstruosa dulzura? Formado en un medio aristocrático, vale decir, en un egotismo rancio y, en su caso, desaforado, acaso en algún momento se creyó redimido de esa tara del pasado por su flamante condición de ciudadano, de republicano. Consigna sobre consigna, arenga revolucionaria sobre arenga revolucionaria, todo indica que Sade solía participar de los eventos y manifestaciones que realizaba la flamante ciudadanía parisina. Sin embargo, a despecho de confundirse y gritar con ella, lo cierto es que no reconocía a casi nadie: la mayoría pertenecían a las clases populares y él tenía un origen aristocrático. ¿No había la revolución restañado las distancias sociales? Peor aún:  bastaba con que nuestro autor advirtiera la presencia de una joven beldad para que a sus ojos toda la multitud a su alrededor desapareciera detrás de esa figurilla espigada y él empezara a imaginarla gimiendo bajo su fuste sibilante. Señala uno de los personajes de Sade: “En el placer de torturar y humillar a una mujer hermosa existe la suerte de gozo que proporcionan el sacrilegio o la profanación de los objetos consagrados al culto” (Sade,1968, p,98).

Tampoco es difícil imaginar que su pasado aristocrático, cuando no su lenguaje y maneras distinguidas, producían recelo entre el común de los ciudadanos parisinos. En suma, como señala Simone de Beauvoir en su ensayo sobre Sade, nuestro autor nunca pudo tener la experiencia de la solidaridad, para no hablar de la experiencia del amor: estaba señalado por las taras del pasado, por su egotismo recalcitrante. Señala Beauvoir:

“La maldición que pesa sobre Sade –y que solo el conocimiento de su infancia podría explicarnos- es ese autismo que le prohíbe olvidarse jamás y jamás realizar la presencia del otro (…) Normalmente es mediante el vértigo del otro hecho carne que cada cual experimenta el hechizo de la propia. Si se permanece encerrado en la soledad de la propia conciencia, entonces escapa a la emoción y no puede reunirse con el ser ajeno de otra manera que mediante representaciones” (Beauvoir, 1956, p.13).

Su propio encierro de once años en la Bastilla había agravado y decantado dicha tara hacia la escritura: quizá la última y más acendrada forma del egotismo. Así, solo fue cuestión de tiempo para que nuestro autor cayera nuevamente en desgracia.

En abril de 1801, Sade es nuevamente encerrado, esta vez en Santa Pelalgia. Allí acabará sus días.

 

 

Pensamiento sádico

A solas con su escritura, Sade borronea con esta cientos de cuartillas. Según avanza la redacción de su historia, las escenas se tornan cada vez más violentas y truculentas. En ellas solo hay víctimas y victimarios. Sin embargo, estos últimos no dejan de reflexionar sobre su comportamiento y justificarlo ante las primeras.

Es lo que ocurre en la que es considerada por Camus la obra más grande de Sade: Justina o los infortunios de la virtud. Y es que no se trata aquí solo de un tópico literario: la belleza venida a menos, ultrajada o humillada. No: en la protagonista de esta novela, el autor humilla la misma virtud (Dios y la religión) en nombre de la Naturaleza o de una concepción particular de la Naturaleza. Afirma uno de los personajes de la novela, un libertino desalmado a quien llaman Corazón de Hierro:

Hay algo mejor: lo esencial es que el desgraciado sufra; su humillación, sus dolores son unas de las leyes de la Naturaleza, y su existencia, útil en el plan general, como la prosperidad que lo aplasta. Tal es la verdad que debe ahogar los remordimientos en el alma del tirano o del malhechor; que no se limite; que se entregue ciegamente a todas las lesiones cuya idea nace en él, es la única voz de la Naturaleza que le sugiere esta idea; es la única manera en que ella nos convierte en agente de sus leyes. Cuando sus inspiraciones secretas nos inclinan al  mal, es que el mal le es necesario, es que ella lo anhela, es que lo exige… (Sade, 1969, p.48)

Más adelante, otro libertino azas cruel y despiadado, un monje llamado Clement, se expresa en los siguientes términos:

¿Acaso, digo otra vez, somos dueños de nuestros gustos? ¿No debemos ceder ante el imperio de los que hemos recibido de la Naturaleza, como la cabeza orgullosa del roble se inclina ante la tempestad que lo agita? Si la Naturaleza se sintiera ofendida por estos gustos, dejaría de inspirarlos; es imposible que recibamos de ella un sentimiento hecho  para ofenderla, y en esta extrema certidumbre podemos entregarnos a nuestras pasiones, de la índole y de la violencia que sean, seguros de que  todos los inconvenientes que representa su choque no son más que designios de la Naturaleza , de los cuales somos los involuntarios vehículos. (Sade, p. 166)

 

En realidad, la Naturaleza es el gran tópico de la Razón ilustrada en ciernes por aquellos años. Sin embargo, mientras que Rousseou habla del “estado de gracia” de la Naturaleza y del buen salvaje, Sade entiende que en ella predomina la ley del más fuerte con todo lo que ello supone: violencia y más violencia.

¿Acaso no está Sade solo racionalizando su egotismo recalcitrante? De hecho, sus pares, los aristócratas, hacían lo mismo, pero la Razón a la que ellos apelaban era la Razón divina: esta les asistía en su derecho a mandar y ser obedecidos.

En ese sentido, Sade rompió y no rompió con su clase, es decir, lo hizo en punto a renegar de Dios y la religión, pero al mismo tiempo estaba señalado por ella, por su formación egotista. En ese sentido, suscribimos el parecer de Jean Paul Sartre cuando señala:

A partir de aquí se edifica una obra monstruosa que haríamos mal en clasificar demasiado de prisa entre los últimos vestigios del pensamiento aristocrático, y que más bien aparece como una reivindicación de solitario cogida al vuelo y transformada por la ideología universalista de los revolucionarios (…) En particular, el universalismo revolucionario, que señala el intento de la burguesía para manifestarse como clase universal, está completamente falseado por Sade hasta el punto de convertirse en él en un procedimiento de humor negro. Considerando lo dicho, este pensamiento, que está en el seno de la locura, conserva aún un vivo poder de discusión; contribuye a derrotar, por el uso que hace de ellas, a las ideas burguesas de razón analítica, de bondad natural, de progreso, de igualdad, de armonía universal. (Sartre, 1970, p.95)

 

Conclusión

De este modo concluimos que el Marqués de Sade es más que un autor libertino o erótico-transgresor, y que hay aspectos de su obra que transcienden este tópico y tienen, de hecho, una significación crítica cuando no revolucionaria.

 

 

 

Referencias

De Sade, M. (1969), Justina o los infortunios de la virtud. Argentina: edición de Pablo Arguello.

Sartre, J.P. (1970). Crítica de la razón dialéctica. Argentina: Losada

De Beauvoir, S. (1959). El marqués de Sade. Argentina: Ediciones Leviatán

Camus, A. (1967). El hombre rebelde. Argentina: Losada

 

La prosa de José María Eguren en un libro de Miluska Benavides

 

Cuando muere en 1949, José María Eguren tiene sesenta ocho años de edad y deja tras de sí una obra poética de carácter único, insular, en la historia de la poesía peruana. Cuatro poemarios –Simbólicas, La canción de las figuras, Sombra y Rondinelas- componen el censo de su obra poética y en esta alienta una especie de mitología personal, muy personal, con sus personajes y motivos propios. Toda ella animada de un sugerente hálito musical. Una mitología egureniana en definitiva. Elucidar las claves de esta, ha sido desde entonces el cometido principal de los estudiosos de la obra del poeta. ¿Quién entre estos no empezó planteándose preguntas en torno al significado profundo de personajes como los reyes rojos, Juan Volantin, la niña de la lámpara azul o alguna de las otras niñas que desfilan en los versos egurenianos?, ¿acaso más que personajes no son personificaciones de los anhelos o los ensueños del poeta?, ¿proyecciones de su yo nefelibata?

Dicha inquietud alcanzó incluso los fueros de la ficción: ahí está el inicio del cuento más conocido del escritor Washington Delgado, “La muerte del doctor Octavio Aguilar” (su autor ganó con esta pieza el primer premio COPE de cuento celebrado en 1979). De corte fantástico, este cuento inicia con la evocación que hace el protagonista, un catedrático universitario, de los versos de “Los Reyes Rojos”, luego de lo cual reflexiona sobre los mismos ante sus jóvenes estudiantes.

Ahora bien, diecisiete años después de la muerte de nuestro poeta, aparece un libro que reúne un conjunto de prosas de su autoría con el nombre de Motivos estéticos. Redactadas casi todas hacia el final de su vida, dichas prosas constituyen una especie de testamento literario donde el autor parece refrendar en prosa lirica los varios motivos de su poesía. 

Sin embargo, desde aquella publicación póstuma en 1957, Motivos estéticos solo fue publicada dos veces más -en 1974 y 1997- como parte de las dos ediciones de las obras completas de Eguren que preparó y dio a la estampa el estudioso y crítico literario Ricardo Silva-Santisteban (apareciendo en ambos casos bajo el solo título de Motivos). Acaso esto explica la escasez de estudios críticos en torno a este libro de prosas: ya muy pocas son las personas que saben de su existencia, pero aún menos son las que han tenido ocasión de tenerlo en sus manos y leerlo. Sin embargo, entre estas últimas se contó una joven profesional de la literatura, Miluska Benavides, cuya lectura devino en la redacción de una tesis y esta a su vez en la redacción y publicación de un ensayo bajo el sello editorial de la Academia Peruana de la Lengua: Naturaleza de la prosa de José María Eguren.

Publicado en el año 2017, este ensayo sacó a relucir en el ámbito literario de nuestros días una faceta poco conocida de la obra de Eguren. Sin embargo, acaso el mayor valor literario de Naturaleza de la prosa de José María Eguren consista en la reproducción in extenso de seis de las treinta y ocho piezas que conforman los Motivos: “Expresiones líricas”, “Pedrería del mar”, “Sintonismo”, “Noche azul”, “Las ventanas de la tarde” y “Tropical”. Eso sí, la selección de las mismas por parte de la autora respondió al objetivo principal que ella se propuso al escribir su trabajo, a saber: “…brindar claves de lectura que permita entender la prosa de Eguren en la poética de una versión particular del simbolismo artístico”. De hecho, la autora cita y analiza varias prosas más, pero solo reproduce íntegramente las seis mencionadas. Y en ellas no es difícil reconocer a algunos de los personajes o motivos característicos de la mitología egureniana, esa que alienta en sus versos.

A propósito de este término “mitología” conviene precisar que es el mismo que emplea Octavio Paz en su libro Los hijos del limo para designar un rasgo particular de la poesía moderna. Señala el escritor mexicano: “ante la progresiva desintegración de la mitología cristiana, los poetas…no han tenido más remedio que inventar mitologías más o menos personales hechas de retazos de filosofías y religiones”. “Mitologías poéticas” las llama seguidamente el autor.

Más formal, Miluska Benavides, en el caso de su ensayo, emplea la noción de “universo referencial propio”, si bien Los hijos del limo es un libro que ella también cita para traer a colación la noción de “analogía universal” y aplicarla a su análisis de la obra en prosa de Eguren.

Por ultimo hay algo importante que señalar con relación al término “motivos”: desde las primeras páginas de su ensayo, la autora deja en claro que dicho término tiene que ser tomado en su acepción musical: temas que vuelven a lo largo de una composición de índole musical, a modo de ritornelos.

Temas o motivos que, en el caso de Eguren, acaso volvían también con las olas que él veía alcanzar la orilla de la playa barranquina donde solía pasear a solas.



Teofanía

  El ultimo aliento del sol parece rizar las nubes en el horizonte antes de disiparlas   Con sus naranjas y sus ocres,        ...