Teofanía

 

El ultimo

aliento del sol

parece rizar las nubes

en el horizonte

antes de disiparlas

 

Con sus naranjas

y sus ocres,                                            

este cielo vespertino,

¿acaso quiere

decirnos o anticiparnos

algo?

 

Con sus naranjas

y sus ocres,

a cuál más encendido,

el cielo vespertino

parece un enorme lienzo

hecho a brochazos

incandescentes.

 

De pronto, el lienzo                    

se abre a la perspectiva pavorosa             

del cosmos original                                                    

y mis ojos, ¡mis ojos humanos!

se remontan

a la doble visión inefable

de Júpiter y Venus

orillando la noche.                    

 

Encuentro Latinoamericano de la Soledad

 

Alto, pero de una altura desprendida; corpulento, pero de una corpulencia entrada en cilantro; norteamericano, pero del sur del rio Bravo, mi camarada nunca se propuso ser un turista rocambolesco. Solo quería volver a ser él y dominarnos a todos. En Tenochtitlan donde vive, él suele seguir las rutas de extravío del brujo Xochimilco y de Mario Santiago Papasquiaro con ese propósito. ¿Cómo así una de esas rutas de prolongó más allá de si misma y acabó conduciéndolo a los dominios australes de su lengua? En realidad, como señala él en una samueliana: “afuera de la ruta gozan los bisontes”. Tantos días de fintas y lances poéticos. Tantos días de repartir poemas como calcomanías adhesivas por Tenochtitlan, o de simplemente sobrevivir allí a contrapelo de la obediencia. Y un buen día mi camarada decidió salvar la frontera sur de su país y descolgarse solito hasta Asunción, Santiago y Buenos aires, es decir, hasta el gran Sur de Nuestraamérica. ¿Era una forma de evadirse? No: era una forma de entrar en posesión de lo que ya era suyo, volver a ser él y dominarnos a todos. Con su acento inconfundible, iba cambiando sus palabras mexicas con las de cualquier viandante en un trasiego incesante de acentos y voces que informaba sus días y lo tenía en vilo permanente. ¿En qué lugar tuvo conciencia cabal de nuestra soledad? Quizá fue en alguna encrucijada de caminos al pie de los andes chilenos o mientras cruzaba el rio Paraguay y sentía la poderosa gravitación de sus orillas y cavilaba sobre lo poco que sabían todos en Nuestraamérica sobre ese pequeño país mediterráneo. Cuanto más grande es nuestra desunión, nuestra incomunicación, ¿tanto más grande es nuestra soledad? ¿Cómo hacer para revertir esa situación? Emergía mi camarada del gran Sur andino, cuando lo vi en Lima rumiando esas interrogantes. ¿No es Altura Desprendida, su boletín virtual para América Latina, una respuesta?

En cualquier caso, mi camarada aún no había acabado su viaje y aún tenía que remontar otros tantos países antes de llegar al suyo, pero ya no tenía mucho dinero y su escala en la ciudad de Lima fue una de las ultimas. Y yo que nunca me he sentido del todo parte de esta ciudad, -mucho menos de su capítulo cultural- igual le di la bienvenida a ella. De hecho, lo hice en nombre de la retórica vacía o de la “obediencia cromada en prestigio”. Pero eso lo supe recién cuando leí las samuelianas respectivas en las páginas de su libro Trenzas de Madera: mariposario de urbanidades sacramentales.

O sea, lo supe recién hace poco, cuando no quería saber nada de la literatura y mucho menos del sobrerrealismo, y mi gran camarada mexica, estaba ya de nuevo con los suyos en Tenochtitlán. Haz de samuelianas, a cuál más imponderable por sobrerrealista. ¿No señalan algunos que Tenochtitlan es la capital del sobrerrealismo latinoamericano? Estatuario por falta de cilantro rompiéndome las córneas como diría él, yo desespero de las exploraciones alucinadas del sobrerrealismo. En cambio, me entusiasmó sobremanera la que emprendiera él solito a ambos lados de la cordillera. Aunque venía del norte, mi camarada tenía una clara conciencia del Sur y me obsequiaba con ella en cada referencia que hacía a su viaje y a sus vastísimas lecturas.

 “¿Cuántas costras de orines en los canaletes del metro son tres dioses?”, me espetó mi camarada con su acento inconfundible. “¿Qué?, no entiendo”. “Irrelevante a veces el entendimiento”. “Mejor háblame de los escritores paraguayos, no sé nada de su literatura”. “¿No has leído Yo el supremo?”, “No”.  Casi enseguida, mi camarada se puso de pie: departíamos en la mesa de un restaurante no lejos de la Plaza Mayor. Alto y peludo como era, lo vi tomar una decisión urgente: regalarme un ejemplar del libro de Augusto Roa Bastos. No tenía mucho dinero, pero tampoco podía dejar pasar tamaña ignorancia de mi parte. No, después de haber cruzado el rio Paraguay y sentir en la gravitación de sus orillas la soledad de ese país ignoto que es también la soledad de América Latina.

***

Desde las primeras páginas, la lectura se me enrevezó bastante, a despecho o a propósito de las notas del compilador. ¿Acabaría de leer las más de trecientas páginas de la novela?, me preguntaba. Más aun ¿acabaría de leer el haz de samuelianas de mi camarada? A despecho del espesor sobrerrealista de no pocas de sus páginas, terminé de leer Yo el supremo hace poco. Menos mal que su protagonista era un personaje real, histórico. ¿No le sobraban páginas a la novela? ¿O tenía el “gusto domesticado” como señala mi camarada en otra samueliana? En mi larga experiencia como lector, solo un libro me derrotó a fuerza de carambolas extenuantes que tenían algo de sobrerrealista. Una novela de autor mexicano, por cierto: Cambio de Piel de Carlos fuentes. El libro de marras se abría con una dedicatoria azas provocadora –para Julio Cortázar- pero lo cerré para siempre antes de llegar a la mitad de sus páginas y volví a buscar el kibbutz en las de Rayuela. ¿Acabaría de leer el haz de samuelianas de mi camarada? En ellas me salían al paso toda suerte de imponderables: ese afán de dominarnos a todos con lo que él tuviese a la mano o a la vista, toda suerte de bichos –desde un ciempiés hasta un dinosaurio-, las ilustraciones de una amiga suya ¿Quiénes eran las chicas pelirrojas de la ilustración?

No, no estoy en buena disposición para la lectura: estoy cansado de ella y otro tanto me pasa con la escritura. Sentía (y aun siento) que escamoteo la vida en las páginas de cualquier libro, para no hablar de la hoja en blanco. ¿Cómo alcanzar la plenitud de los sentidos o la dicha de vivir con el rostro inclinado sobre una maldita hoja en blanco? Era la pregunta egoísta que yo rumiaba. Samueliana sobre samueliana, vi entonces a su autor burlarse de mí y responderme: “Si buscas la sublimación, interroga al trapeador”. “No camarada, solo busco la redención por el amor, solo eso”. “Debajo de la inteligencia de tus demandas hay el dulcísimo clamor de un abrazo”.

Y nos abrazamos desde el fondo de nuestra soledad, desde México hasta Perú y viceversa, nos abrazamos en un abrazo que desbordaba soledad mientras leía la última samueliana: "En el mural de la Biblioteca Central de la UNAM solo busqué las mariposas". 



 

 

El renegado

Investido 

de horror

él era 

el heraldo negro

que les enviaba 

la Muerte.

Pero ¿que hizo

en lugar 

de cumplir

la misión

que ella

le encomendó

entre tantos

y tantos

poetas

en ciernes

como había

en la villa?

¿Qué fue 

lo que hizo?

Pues  abrir

los brazos

a la Vida y

enamorarse

de quien

exhalaba

mayor dulzura

entre ellos:

una joven poeta

con el seudónimo

de Blanca Luz.

¡Peor para él!

Implacable,

la Muerte

ahora tiene

sus ojos,

los dulces ojos

de Blanca Luz,

y se abate ya

sobre él.



Rímac

 

Hace mucho

que dejó de ser un río.

Sus aguas turbias                                    

y de espumarajos

malolientes

no son aquellas

que siglos atrás

retozaban al sol

y fecundaban

a su paso las campiñas

tamizadas de canto

de nuestros antepasados.

 

Ese río

ya no existe

(las campiñas tampoco)

En su lugar hay un

curso de aguas hervidas                

que atravieza

la megalomanía

de la gran Lima

y desciende al mar

entre abcesos de desmonte

y demás deshechos.

 

En un punto                               

de su ladera sur,                                               

sin embargo,

se levantan 

unas ruinas ancestrales

de geometría escalonada

como una rara eminencia

de adobe y piedras                               

cuyos fuegos ceremoniales

ya no se ven                   

desde hace siglos

pero que alguna vez      

aquel río extinto

alcanzó a reflejar

en sus aguas beatíficas.                   


Afantasmadas

por la megalomanía

de la gran Lima

y su virulencia atroz,

estas ruinas evocan

de algún modo

la sagrada intimidad

de nuestros antepasados

con aquel río extinto,

su fresca vigilia

de hombres ribereños,

plenos de devoción y gratitud

hacia aquellas aguas

que se perdieron

para siempre

en el fondo incierto

de nuestra historia.


Margarita de Nueces

 

Incierta,

la luz

de un día mas

declinaba                                  

y ya las sombras

ganaban

otra vez

mi corazón estrujado

cuando lo vi,

vi al padre

de Margarita de Nueces:

departía entre sonrisas

con un viejo librero

del jirón Quilca.


Había devanado

mis pasos

todos estos años                         

entre los tiznados muros

de la capital

sin acertar

con la figura

de Margarita de Nueces

o confundiéndola

con la de otras beldades

de ojos clarísimos

y uñas almendradas,

Daniela, Ligi                                                      

o Angie

¿Y Margarita?     

¿En qué lugar

bajo este cielo

apocalíptico

sonreía con aroma

de nueces?

Y ahora, de golpe,

tenía   

a su propio

padre frente a mí

 

“¡Es él!”, me dije.

 

Desde

la última vez

que lo vi

su figura

había declinado

bastante

y su característico

traje crema

estaba más

viejo y raído

Su sangre,

su bendita sangre,

sin embargo,

era la que tenia

Margarita de Nueces             

y alentaba en ella

el milagro

de su belleza

insaciable.


¿Estaba

Margarita cerca?

Alrededor

del viejo maestro

¿no trascendía                             

todo a ella,

a su perfume?  

¿No tentaba yo

el cáliz

de la poesía

mientras

me acercaba a él

para preguntar

por su hija?

 

“No escucha”,

me dijo el viejo librero

cuando finalmente

saludé al padre

de Margarita de Nueces

 

 

Su apellido

había brillado

por primera vez

cuando ella                     

con su belleza prematura                     

deslumbró                  

al jurado de un certamen

de literatura.            

Y si bien no ganó

¡sí llego a la gran final!

Casi medio siglo

después

el padre tal vez

ni se acordaba de ella.

 

Entonces,                      

desesperado

lo miré a los ojos

y rompí a gritar

“¿Dónde está

Margarita de Nueces?,  

¡dígame

donde está!,

¡no me queda

mucho tiempo!,

¡donde está!”.

 

Una nube negra,

cruzó la mirada

del maestro

y esta se deslizó

hacia el vacío,

el negro vacío

del olvido.

“¡Oiga lárguese,

más respeto

con el maestro!,

me espetó

el viejo librero

indignado.


Dolido y

decepcionado

volví sobre mis pasos.        

No, la búsqueda

no había terminado  

y talvez nunca

terminaría,  

pero yo

ya no tenia 

mucho tiempo

¿verdad, 

Margarita de Nueces?


Venezuela, aparta de mí este caliz

Finalmente, ocurrió

nuestro bastión

más fuerte,

el que alentaba

bajo un arco de ocho estrellas

y estaba a la cabeza

de nuestros sueños

de integridad continental;

nuestro bastión

de tantos años

gravitados en sueños

y en culpa,

fue sometido

al fuego de la muerte.


Como 

en casos anteriores,

una vez más,

la maquinaria

de la muerte

se puso en movimiento

y desde el Mediterráneo

movilizó una mole

de acero inexpugnable

contra él.


Sí,

una mole de armas

y tropas

cuya sombra compacta

se recortaba sobre

el borde del planeta

como una pesadilla

mientras se desplazaba

con su propio

oceano-cementerio

hasta alcanzar

las aguas del Caribe

entre los aullidos insanos

de la gran prensa farisea.


Ya allí, apuntó

a la cabeza

de nuestra Patria Grande

y abrió fuego. ¡Fuego!


(Es lo que hace 

la maquinaria de la muerte:

abrir fuego

desde alguna 

de sus bocas

y crear cementerios)


El estruendo

se oyó en todo el mundo

y pareció franquearle

a la muerte

el bastión

de nuestra soberanía,

el bastión 

nuestros sueños.

Y aun se oía

sobrecogiendo el mundo

cuando la implacable

maquinaria de la muerte

volvió a ponerse

en movimiento.

Negro heraldo del amor

Encontrarlos allí

en el fondo

del caserón vacío

con sus figuras

plegadas sobre el piso

obrando sobre los retazos

de cartón

una nueva oportunidad

para la reparación

y la memoria,

la memoria y la justicia,

lo dejó sin aliento

a él que no lo tenía.


¿Quienes eran

esos niños y niñas?

¿Dónde estaban

los veteranos

que solían reunirse allí

en ese caserón solariego

con las arengas

y consignas

de siempre?

¿Dónde estaban

los sobrevivientes

de aquella generación

casi extinta

que abrazó la causa

de la revolución

y pagó caro por ello?

Sobrevivientes

asimismo

de la pandemia,

él solía reunirse allí

con ellos

y hablar incluso

con quien tenía

el aire más efusivo

y estaba señalado,

en consecuencia,

por la muerte.


¿Dónde estaban, pues,

los veteranos?

Lo cierto es que

en lugar de ellos

estaban esos intrusos,

esa tropilla de niños

concentrada en lo que hacía:

pegar y cortar,

cortar y pegar

he infundir su amor

a los ataúdes 

que confeccionaban.

Ataúdes de cartón, sí,

pero también,

y sobre todo, de protesta.


Una niña

de melena oscura

y aire rosagante

se inclinaba sobre

el pequeño ataúd                 

que forraba de blanco               

¡cómo se avenian sus manos

a reparar de algún modo

lo irreparable!

¡cómo se aclaraba en ellas

la esperanza!

La esperanza, el amor,

una nueva oportunidad

para la memoria

y la justicia.


No,

entre ellos y él

no había nada

o solo habían

esos ataúdes de cartón

y el afán de esa tropilla

de enprenderla con ellos

contra los verdugos.



No,

no era una mascarada.

La gran mascarada,

en todo caso,

estaba afuera,

en esa ciudad envuelta

en el aire viciado y decadente

de julio que se disponía

a recibir el gran feriado patrio

entre grandes muestras

de adhesión a los verdugos.


¿Serían esos intrusos

los nietos de los veteranos?,

se preguntó por último

el aborrecido.

Y volvió

sobre sus pasos

sospechando 

que no eran tanto

sus nietos como quienes

continuaban a su modo

las arengas de siempre.

Arengas por reparación

y memoria, memoria

y justicia, justicia

y dignidad.



Créditos de la imagen a quien corresponda.

La Laberintosa

  

Naufragios parecidos

y un resto de pundonor

o de vergüenza               

los había reunido

en ese lugar.

Aunque señalados

por el desastre pasado

ambos recalaron allí

para tentar

un nuevo norte,

una segunda

o una tercera oportunidad

de empezar

de nuevo

 

¿Qué podían hacer                                

el uno por el otro?

Nada. Pero

en sucesivas tardes

peripatéticas

acertaron a conocerse

un poco: 

ella era de Cajamarca,

él de Barranca.

Dos provincianos

como tantos otros

sobreviviendo

en ese megatugurio

llamado Lima

Él no tenia

la experiencia

de la solidaridad

ni del amor,

pero insistía                   

en hablarle a ella

del amor

y la revolución

universales.

Ella en cambio

sí tenía esas experiencias

pero acaso decepcionada

de las mismas

solo parecía alentar

un creciente escepticismo

en su corazón.

 

Lo cierto es que

ninguno de los dos

estaba bien.                   

Pudo haber sido cualquiera,

pero fue ella,

con su pelo corto

muy corto                                          

y de brío apagado,

quien no pudo

sostener

esa nueva apuesta

y desapareció.

 

Ilusión de ilusiones

de otras ilusiones,

él continuó adelante,

pero solo

para volver a ser

lo que había sido                                            

años antes:

un enamorado                                                     

impenitente y bufo

mientras seguía                                                  

deslizándose

espectralmente

en algunas marchas,

en algunos plantones

de protesta

y abundaba en la ilusión

de ser parte de estas

cuando no

del movimiento

popular y revolucionario.

 

Y fue

en una marcha de esas

que, tiempo después,

volvió a coincidir con ella.                     

Pero no, ella

ya no era

la misma persona:

en plena posesión

de sí misma,

tenía el cabello largo

y radiante

y sus puntas parecían

electrizadas

por el activismo

incesante

que desplegaba.

La política

y el arte

eran la dos dimensiones

de su praxis

infatigable

y en el movimiento popular

ya se le conocía con cariño

como la Laberintosa

Y con ese

nombre o alias

un día de diciembre                                  

del año 2024

la sorprendió la muerte:

el vehículo

que la llevaba

junto a otros activistas

volcó en un camino

en las alturas

del Cuzco

¡pero lo consiguió!

Ella, Mery                                                                      

lo consiguió:

nacer de nuevo

a la vida,

como la Laberintosa                    

¡su transfiguración

por la solidaridad

y el amor

universales!

La transfiguración

última y definitiva                               

antes de entrar 

en la memoria invicta

de nuestro pueblo.

La sacerdotisa

 

Eran los días

de la pandemia,

días inciertos

de zozobra general

con todos nosotros

encerrados,

enclaustrados,                                      

y nuestras costas,

ni que decir,                          

desiertas, vacías

de gente.

¡Un litoral

tan grande

y ni un alma

para honrar

su majestad,

su belleza insaciable!

Pero en mi pueblo

hubo quien sí lo hizo

y, burlando

la prohibición,

ciertas mañanas

retozaba a solas

con el mar

y sus criaturas.

 

Tiempo después

de la pandemia,

a varios kilómetros

costa abajo

de mi pueblo,

sobrevino

el desastre:

el petróleo

que llevaba

un carguero descomunal           

se derramó

frente a la costa

de Lima.

¡Las aguas enfermas

del litoral limeño

ahora también acusaban

la mancha millonaria          

y monstruosa

de la empresa Repsol!

En los días siguientes,

se esperaba

que la mancha

se extendiera

costa arriba

envenenando

todo a su paso

y en mi pueblo

cundió el espanto.

Pero mi madre

profesa la adoración

del mar

y está convencida

de su poder.

“Los iones activos

del mar,

sus sales indestructibles,

sus cristales de amor,                                      

su yodo infalible,

no permitirán

que la mancha

llegue hasta aquí”,

me explicó.

“¡Pero mamá!”.

Y, contra toda advertencia,

fue con sus amigas

a retozar

con la espuma radiante

que baña

la costa de mi pueblo.

 

Veo la comunión

de mi madre

con el mar

y pienso que bien

puede ella

fundar un culto pagano

a su añil inmensidad.

Una fe no abstracta

y de puertas adentro,

sino gravitada

en dicha y libertad

con el altar mojado

de los roquedales

y la presencia efusiva

de peces, gaviotas

y demás

O tal vez ya lo hizo

y mi madre

no es tanto una bañista

como una sacerdotisa

del mar.



Clamor

 

En Lima

casi nadie

quería acordarse

de esos muertos.

Un pacto de silencio

e impunidad

alentaba debajo

del apocalipsis cotidiano                        

y sus muertos por robo,

extorsión y sicariato.

Pero ¿y los muertos

por la policía y el estado?,

¿los asesinados

de las protestas ?      

¿De verdad

un grupo de estudiantes

acertaría a ayudar

a los deudos

con la memoria

de sus muertos

e intentarían imponerla

al feriado patrio?

 

En Lima

casi todos

acudían ya

a la gran cita patriótica

de julio

con sus escarapelas

y banderitas

para representarse la farsa,

pero solo ellos

se recogían

con cinta adhesiva, cartones

y tijeras

en una vieja casona

del centro histórico

para preparar el regreso

de esos muertos

en sus ataúdes de cartón

y con ellos

de la memoria,

la tan urgente memoria

de la Lima desmemoriada.

 

No tenían mucho tiempo,

ni medios,

ni manos tampoco,

pero las suyas

se prodigaban a si mismas

cuan jóvenes eran

en el empeño

de acabar esos ataúdes

de protesta

para el 28 de Julio

he infligir su dignidad

a la gran farsa de ese día.               

 

Con las ropas

en desorden

y aire soberano

ejercían su preciosa

actividad

sobre el piso

de esa vieja casona.

Y si afuera Lima

se vestía de gala y

parecía inaccesible

al clamor de los deudos,

ellos, todos ellos,

la emprenderían

contra su conciencia

con esos ataúdes.

 

No,

no tenían mucho tiempo

y talvez por eso

no se inquietaron demasiado

cuando                                                             

un sujeto añoso

trajeado de negro

y marcado aire metafísico

apareció ante ellos                                            

dispuesto a ayudarlos,               

aunque era evidente,

por otra parte,

que no estaba allí

para eso

y solo los miraba

y los miraba

trabajar en silencio

el cartón                           

con el rostro desencajado.   

“Que importa                                                             

que mi lugar sea la Muerte

si el de ellos es la Vida”

Y antes de que alguno

de ellos

acertara a ofenderse

por la equívoca presencia

de ese heraldo oscuro

y perdido,

este volvió sobre sus pasos

y desapareció.

 



Teofanía

  El ultimo aliento del sol parece rizar las nubes en el horizonte antes de disiparlas   Con sus naranjas y sus ocres,        ...