Venezuela, aparta de mí este caliz

Finalmente, ocurrió

nuestro bastión

más fuerte,

el que alentaba

bajo un arco de ocho estrellas

y estaba a la cabeza

de nuestros sueños

de integridad continental;

nuestro bastión

de tantos años

gravitados en sueños

y en culpa,

fue sometido

al fuego de la muerte.


Como 

en casos anteriores,

una vez más,

la maquinaria

de la muerte

se puso en movimiento

y desde el Mediterráneo

movilizó una mole

de acero inexpugnable

contra él.


Sí,

una mole de armas

y tropas

cuya sombra compacta

se recortaba sobre

el borde del planeta

como una pesadilla

mientras se desplazaba

con su propio

oceano-cementerio

hasta alcanzar

las aguas del Caribe

entre los aullidos insanos

de la gran prensa farisea.


Ya allí, apuntó

a la cabeza

de nuestra Patria Grande

y abrió fuego. ¡Fuego!


(Es lo que hace 

la maquinaria de la muerte:

abrir fuego

desde alguna 

de sus bocas

y crear cementerios)


El estruendo

se oyó en todo el mundo

y pareció franquearle

a la muerte

el bastión

de nuestra soberanía,

el bastión 

nuestros sueños.

Y aun se oía

sobrecogiendo el mundo

cuando la implacable

maquinaria de la muerte

volvió a ponerse

en movimiento.

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