A Elena - Edgar Allan Poe


 

Te vi a punto.
Era una noche de julio,
noche tibia y perfumada,
noche diáfana...

De la luna plena límpida,
límpida como tu alma,
descendían
sobre el parque adormecido
gráciles velos de plata.

Ni una ráfaga
el infinito silencio
y la quietud perturbaban
en el parque...

Evaporaban las rosas
los perfumes de sus almas
para que los recogieras
en aquella noche mágica;
para que tú los gozases
su último aliento exhalaban
como en una muerte dulce,
como en una muerte lánguida,
y era una selva encantada,
y era una noche divina
llena de místicos sueños
y claridades fantásticas.

Toda de blanco vestida,
toda blanca,
sobre un ramo de violetas
reclinada
te veía
y a las rosas moribundas
y a ti, una luz tenue y diáfana
muy suavemente
alumbraba,
luz de perla diluida
en un éter de suspiros
y de evaporadas lágrimas.

¿Qué hado extraño
(¿fue ventura? ¿fue desgracia?)
me condujo aquella noche
hasta el parque de las rosas
que exhalaban
los suspiros perfumados
de sus almas?

Ni una hoja
susurraba;
no se oía
una pisada;
todo mudo,
todo en sueños,
menos tú y yo
-¡cuál me agito
al unir las dos palabras! --
menos tú y yo...De repente
todo cambia.
¡Oh, el parque de los misterios!
¡Oh, la región encantada!

Todo, todo,
todo cambia.
De la luna la luz límpida
la luz de perla se apaga.
El perfume de las rosas
muere en las dormidas auras.
Los senderos se oscurecen.
Expiran las violas castas.
Menos tú y yo, todo huye,
todo muere,
todo pasa...
Todo se apaga y extingue
menos tus hondas miradas.

¡Tus dos ojos donde arde tu alma!
Y sólo veo entre sombras
aquellos ojos brillantes,
¡oh mi amada! Todo, todo,
todo cambia.

De la luna la luz límpida
la luz de perla se apaga.
El perfume de las rosas
muere en las dormidas auras.
Los senderos se oscurecen.
Expiran las violas castas.
Menos tú y yo, todo huye,
todo muere,
todo pasa...

Todo se apaga y extingue
menos tus hondas miradas.
¡Tus dos ojos donde arde tu alma!
Y sólo veo entre sombras
aquellos ojos brillantes,
¡oh mi amada!

¿Qué tristezas irreales,
qué tristezas extrahumanas!
La luz tibia de esos ojos
leyendas de amor relata.
¡Qué misteriosos dolores,
qué sublimes esperanzas,
qué mudas renunciaciones
expresan aquellos ojos
que en la sombra
fijan en mí su mirada!

Noche oscura. Ya Diana
entre turbios nubarrones,
lentamente,
hundió la faz plateada,
y tú sola
en medio de la avenida,
te deslizas
irreal, mística y blanca,
te deslizas y te alejas incorpórea
cual fantasma...
Sólo flotan tus miradas.
¡Sólo tus ojos perennes,
tus ojos de honda mirada
fijos quedan en mi alma!

A través de los espacios y los tiempos,
marcan,
marcan mi sendero
y no me dejan
cual me dejó la esperanza...
Van siguiéndome, siguiéndome
como dos estrellas cándidas;
cual fijas estrellas dobles
en los cielos apareadas
en la noche solitaria.

Ellos solos purifican
mi alma toda con sus rayos
y mi corazón abrasan,
y me prosterno ante ellos
con adoración extática,
y en el día
no se ocultan
cual se ocultó mi esperanza.

De todas partes me siguen
mirándome fijamente
con sus místicas miradas....
Misteriosas, divinales
me persiguen sus miradas
como dos estrellas fijas...
como dos estrellas tristes,
¡como dos estrellas blancas!

Versión de Carlos A. Torres

Dos terratenientes arguedianos


No pocas de las mejores páginas de Arguedas tienen como personaje principal a un terrateniente. Este surge en ellas como una figura atávica, patriarcal, con atribuciones señoriales sobre la vida de los indios a su servicio. Y si bien, en los cuentos, suele ejercer las mismas con total abuso y sevicia, es en las novelas que esto se matiza o implica, en todo caso, un pathos especial. ¿Pero es solo una cuestión de géneros? ¿Se impone aquí la ventaja de la novela en punto a la elaboración de los personajes? Los indios, sin embargo, siguen siendo objetivamente los mismos: victimas siempre de algún tipo de explotación o maltrato. Y aún si alguno se rebela, se educa o simplemente se destaca  por algún don personal en las novelas, no dejamos de percibirlo dentro de un horizonte afectivo más grande. En otras palabras, reconocemos en él, de algún modo, a los indios de los cuentos, ya sea por su sentido de pertenencia a la comunidad o a la naturaleza. Todos los indios, el indio.

Vivaldi


 

Vivaldi, tuyo es el violín

tuya la música, tuyo el poder

de reconciliar a la falena con la sin fin

belleza de la pálida Astarté

Tuyos los días en que tras el atril

veías despuntar ese dechado

de hermosura que era el arco

y el secular violín

sobre el hombro de una ninfa encrucijados

La inmortal belleza apuraba para ti

todas sus posibilidades

Ebrio casi de ella, te dabas al insaciable

rito de restañar en el violín

las distancias más infranqueables…

Casi realidad

 

Rumor de

enjambre

se alzaba

del corazón

de Bizancio,

de toda

esa trama

de conflictos

y ambiciones

que es siempre

el corazón de

Bizancio.

¿Cómo

hacíamos

tú y yo

para desenredar

de ella

-pura y

luminosa-

una hebra

de poesía

según íbamos

y veníamos

por sus calles

y plazas?.

¿Cómo

hacíamos

para rastrearnos

distintos

y forasteros,

inverosímiles

y poetas,

en medio

de todo

como en medio

de nada?.

¿Cómo?.....

Teofanía

  El ultimo aliento del sol parece rizar las nubes en el horizonte antes de disiparlas   Con sus naranjas y sus ocres,        ...