Encuentro Latinoamericano de la Soledad

 

Alto, pero de una altura desprendida; corpulento, pero de una corpulencia entrada en cilantro; norteamericano, pero del sur del rio Bravo, mi camarada nunca se propuso ser un turista rocambolesco. Solo quería volver a ser él y dominarnos a todos. En Tenochtitlan donde vive, él suele seguir las rutas de extravío del brujo Xochimilco y de Mario Santiago Papasquiaro con ese propósito. ¿Cómo así una de esas rutas de prolongó más allá de si misma y acabó conduciéndolo a los dominios australes de su lengua? En realidad, como señala él en una samueliana: “afuera de la ruta gozan los bisontes”. Tantos días de fintas y lances poéticos. Tantos días de repartir poemas como calcomanías adhesivas por Tenochtitlan, o de simplemente sobrevivir allí a contrapelo de la obediencia. Y un buen día mi camarada decidió salvar la frontera sur de su país y descolgarse solito hasta Asunción, Santiago y Buenos aires, es decir, hasta el gran Sur de Nuestraamérica. ¿Era una forma de evadirse? No: era una forma de entrar en posesión de lo que ya era suyo, volver a ser él y dominarnos a todos. Con su acento inconfundible, iba cambiando sus palabras mexicas con las de cualquier viandante en un trasiego incesante de acentos y voces que informaba sus días y lo tenía en vilo permanente. ¿En qué lugar tuvo conciencia cabal de nuestra soledad? Quizá fue en alguna encrucijada de caminos al pie de los andes chilenos o mientras cruzaba el rio Paraguay y sentía la poderosa gravitación de sus orillas y cavilaba sobre lo poco que sabían todos en Nuestraamérica sobre ese pequeño país mediterráneo. Cuanto más grande es nuestra desunión, nuestra incomunicación, ¿tanto más grande es nuestra soledad? ¿Cómo hacer para revertir esa situación? Emergía mi camarada del gran Sur andino, cuando lo vi en Lima rumiando esas interrogantes. ¿No es Altura Desprendida, su boletín virtual para América Latina, una respuesta?

En cualquier caso, mi camarada aún no había acabado su viaje y aún tenía que remontar otros tantos países antes de llegar al suyo, pero ya no tenía mucho dinero y su escala en la ciudad de Lima fue una de las ultimas. Y yo que nunca me he sentido del todo parte de esta ciudad, -mucho menos de su capítulo cultural- igual le di la bienvenida a ella. De hecho, lo hice en nombre de la retórica vacía o de la “obediencia cromada en prestigio”. Pero eso lo supe recién cuando leí las samuelianas respectivas en las páginas de su libro Trenzas de Madera: mariposario de urbanidades sacramentales.

O sea, lo supe recién hace poco, cuando no quería saber nada de la literatura y mucho menos del sobrerrealismo, y mi gran camarada mexica, estaba ya de nuevo con los suyos en Tenochtitlán. Haz de samuelianas, a cuál más imponderable por sobrerrealista. ¿No señalan algunos que Tenochtitlan es la capital del sobrerrealismo latinoamericano? Estatuario por falta de cilantro rompiéndome las córneas como diría él, yo desespero de las exploraciones alucinadas del sobrerrealismo. En cambio, me entusiasmó sobremanera la que emprendiera él solito a ambos lados de la cordillera. Aunque venía del norte, mi camarada tenía una clara conciencia del Sur y me obsequiaba con ella en cada referencia que hacía a su viaje y a sus vastísimas lecturas.

 “¿Cuántas costras de orines en los canaletes del metro son tres dioses?”, me espetó mi camarada con su acento inconfundible. “¿Qué?, no entiendo”. “Irrelevante a veces el entendimiento”. “Mejor háblame de los escritores paraguayos, no sé nada de su literatura”. “¿No has leído Yo el supremo?”, “No”.  Casi enseguida, mi camarada se puso de pie: departíamos en la mesa de un restaurante no lejos de la Plaza Mayor. Alto y peludo como era, lo vi tomar una decisión urgente: regalarme un ejemplar del libro de Augusto Roa Bastos. No tenía mucho dinero, pero tampoco podía dejar pasar tamaña ignorancia de mi parte. No, después de haber cruzado el rio Paraguay y sentir en la gravitación de sus orillas la soledad de ese país ignoto que es también la soledad de América Latina.

***

Desde las primeras páginas, la lectura se me enrevezó bastante, a despecho o a propósito de las notas del compilador. ¿Acabaría de leer las más de trecientas páginas de la novela?, me preguntaba. Más aun ¿acabaría de leer el haz de samuelianas de mi camarada? A despecho del espesor sobrerrealista de no pocas de sus páginas, terminé de leer Yo el supremo hace poco. Menos mal que su protagonista era un personaje real, histórico. ¿No le sobraban páginas a la novela? ¿O tenía el “gusto domesticado” como señala mi camarada en otra samueliana? En mi larga experiencia como lector, solo un libro me derrotó a fuerza de carambolas extenuantes que tenían algo de sobrerrealista. Una novela de autor mexicano, por cierto: Cambio de Piel de Carlos fuentes. El libro de marras se abría con una dedicatoria azas provocadora –para Julio Cortázar- pero lo cerré para siempre antes de llegar a la mitad de sus páginas y volví a buscar el kibbutz en las de Rayuela. ¿Acabaría de leer el haz de samuelianas de mi camarada? En ellas me salían al paso toda suerte de imponderables: ese afán de dominarnos a todos con lo que él tuviese a la mano o a la vista, toda suerte de bichos –desde un ciempiés hasta un dinosaurio-, las ilustraciones de una amiga suya ¿Quiénes eran las chicas pelirrojas de la ilustración?

No, no estoy en buena disposición para la lectura: estoy cansado de ella y otro tanto me pasa con la escritura. Sentía (y aun siento) que escamoteo la vida en las páginas de cualquier libro, para no hablar de la hoja en blanco. ¿Cómo alcanzar la plenitud de los sentidos o la dicha de vivir con el rostro inclinado sobre una maldita hoja en blanco? Era la pregunta egoísta que yo rumiaba. Samueliana sobre samueliana, vi entonces a su autor burlarse de mí y responderme: “Si buscas la sublimación, interroga al trapeador”. “No camarada, solo busco la redención por el amor, solo eso”. “Debajo de la inteligencia de tus demandas hay el dulcísimo clamor de un abrazo”.

Y nos abrazamos desde el fondo de nuestra soledad, desde México hasta Perú y viceversa, nos abrazamos en un abrazo que desbordaba soledad mientras leía la última samueliana: "En el mural de la Biblioteca Central de la UNAM solo busqué las mariposas". 



 

 

El renegado

Investido 

de horror

él era 

el heraldo negro

que les enviaba 

la Muerte.

Pero ¿que hizo

en lugar 

de cumplir

la misión

que ella

le encomendó

entre tantos

y tantos

poetas

en ciernes

como había

en la villa?

¿Qué fue 

lo que hizo?

Pues  abrir

los brazos

a la Vida y

enamorarse

de quien

exhalaba

mayor dulzura

entre ellos:

una joven poeta

con el seudónimo

de Blanca Luz.

¡Peor para él!

Implacable,

la Muerte

ahora tiene

sus ojos,

los dulces ojos

de Blanca Luz,

y se abate ya

sobre él.



Rímac

 

Hace mucho

que dejó de ser un río.

Sus aguas turbias                                    

y de espumarajos

malolientes

no son aquellas

que siglos atrás

retozaban al sol

y fecundaban

a su paso las campiñas

tamizadas de canto

de nuestros antepasados.

 

Ese río

ya no existe

(las campiñas tampoco)

En su lugar hay un

curso de aguas hervidas                

que atravieza

la megalomanía

de la gran Lima

y desciende al mar

entre abcesos de desmonte

y demás deshechos.

 

En un punto                               

de su ladera sur,                                               

sin embargo,

se levantan 

unas ruinas ancestrales

de geometría escalonada

como una rara eminencia

de adobe y piedras                               

cuyos fuegos ceremoniales

ya no se ven                   

desde hace siglos

pero que alguna vez      

aquel río extinto

alcanzó a reflejar

en sus aguas beatíficas.                   


Afantasmadas

por la megalomanía

de la gran Lima

y su virulencia atroz,

estas ruinas evocan

de algún modo

la sagrada intimidad

de nuestros antepasados

con aquel río extinto,

su fresca vigilia

de hombres ribereños,

plenos de devoción y gratitud

hacia aquellas aguas

que se perdieron

para siempre

en el fondo incierto

de nuestra historia.


Margarita de Nueces

 

Incierta,

la luz

de un día mas

declinaba                                  

y ya las sombras

ganaban

otra vez

mi corazón estrujado

cuando lo vi,

vi al padre

de Margarita de Nueces:

departía entre sonrisas

con un viejo librero

del jirón Quilca.


Había devanado

mis pasos

todos estos años                         

entre los tiznados muros

de la capital

sin acertar

con la figura

de Margarita de Nueces

o confundiéndola

con la de otras beldades

de ojos clarísimos

y uñas almendradas,

Daniela, Ligi                                                      

o Angie

¿Y Margarita?     

¿En qué lugar

bajo este cielo

apocalíptico

sonreía con aroma

de nueces?

Y ahora, de golpe,

tenía   

a su propio

padre frente a mí

 

“¡Es él!”, me dije.

 

Desde

la última vez

que lo vi

su figura

había declinado

bastante

y su característico

traje crema

estaba más

viejo y raído

Su sangre,

su bendita sangre,

sin embargo,

era la que tenia

Margarita de Nueces             

y alentaba en ella

el milagro

de su belleza

insaciable.


¿Estaba

Margarita cerca?

Alrededor

del viejo maestro

¿no trascendía                             

todo a ella,

a su perfume?  

¿No tentaba yo

el cáliz

de la poesía

mientras

me acercaba a él

para preguntar

por su hija?

 

“No escucha”,

me dijo el viejo librero

cuando finalmente

saludé al padre

de Margarita de Nueces

 

 

Su apellido

había brillado

por primera vez

cuando ella                     

con su belleza prematura                     

deslumbró                  

al jurado de un certamen

de literatura.            

Y si bien no ganó

¡sí llego a la gran final!

Casi medio siglo

después

el padre tal vez

ni se acordaba de ella.

 

Entonces,                      

desesperado

lo miré a los ojos

y rompí a gritar

“¿Dónde está

Margarita de Nueces?,  

¡dígame

donde está!,

¡no me queda

mucho tiempo!,

¡donde está!”.

 

Una nube negra,

cruzó la mirada

del maestro

y esta se deslizó

hacia el vacío,

el negro vacío

del olvido.

“¡Oiga lárguese,

más respeto

con el maestro!,

me espetó

el viejo librero

indignado.


Dolido y

decepcionado

volví sobre mis pasos.        

No, la búsqueda

no había terminado  

y talvez nunca

terminaría,  

pero yo

ya no tenia 

mucho tiempo

¿verdad, 

Margarita de Nueces?


Teofanía

  El ultimo aliento del sol parece rizar las nubes en el horizonte antes de disiparlas   Con sus naranjas y sus ocres,        ...