¡Oh, nunca,
Piérides, diréis las sacras dichas
que en el alma
sintiera!
Rubén Darío
Aderezados y vestidos para una fanfarria o una mascarada
de poca monta, la tropilla de niños artistas se puso en marcha bajo el sol del
mediodía. Puestos a protestar, solo sabían hacerlo artísticamente, y a su paso
por las calles del centro histórico no causaban mayor disturbio o alboroto que
el que causaba el intenso tráfico con sus bocinas.
—¡Los artistas unidos jamás serán
vencidos!
—¡Los artistas unidos jamás serán vencidos!
De haber estado en el lugar de cualquiera de los curiosos
que miraba la marcha, Paul la hubiera juzgado como la nota estrafalaria del
día. Sin embargo, marchaba con la tropilla –o se representaba la ilusión de que
lo hacía- si bien más patético que estrafalario.
Algo rígido dentro de su saco, Paul, por alguna razón,
apenas sí secundaba las arengas que lanzaban los niños artistas.
—¡Los artistas unidos jamás serán
vencidos!
—¡Un país sin cultura es un país en
dictadura!
Entre arengas y fintas, finalmente llegaron y se
apostaron frente al innoble y feo edificio: Ministerio de Economía y Finanzas se podía leer en letras grandes y
negras en la fachada del mismo. Naturalmente, nadie salió a recibirlos, y
tampoco en la tropilla surgió la idea de enviar a un representante con su “pliego
de reclamos”. ¿Crecía el temor? ¿Estaban intimidados? Ya mucha suerte tenían de no
haberse topado aún con los efectivos de la policía. ¿Estaban ya en camino de desalojarlos?
Sobre sus cabecitas ardientes y soñadoras, caía ahora, pesadamente, la sombra del tétrico edificio. Paul sintió un escalofrió. Entre esos fríos muros, toda una tecnocracia de funcionarios con ínfulas señoriales administraba el erario público: bajo el nuevo régimen, recortar el presupuesto de las instituciones públicas consagradas a la formación artística era su consigna. Y mientras tanto el presupuesto para la publicidad estatal en los grandes medios privados había vuelto a ser el de antes: por demás jugoso. “La mermelada”, pensó Paul indignado.
—¡Los artistas unidos jamás serán
vencidos!
—¡Un país sin cultura es un país en dictadura!
A la sombra del tétrico edificio, Paul no pudo dejar de
pensar en su extraña suerte: de haber culminado la carrera de economía -había
desertado de ella hacía varios años- probablemente estaría allí dentro y no
afuera con esa tropilla de niños artistas. ¡No sería un viejo lechuguino,
sino todo un señor profesional de las finanzas públicas! ¡Un tecnócrata
inaccesible a los engaños del arte y el populismo! Recordó cuando se evadía de
sus clases en la Facultad de Economía para infiltrarse en la biblioteca de la
Facultad de Letras y Humanidades: allí, como una sombra impenitente, leía libro
tras libro. Sin embargo, ¿no era también él ahora, en medio de esos niños artistas, una
especie de sombra impenitente?
Puestos a arreciar con su protesta, la tropilla improvisó allí mismo una fanfarria o una mascarada de poca monta. En medio de
la algazara, Paul sacó su celular y procedió a tomarse un selfie panorámico. Con ambas manos, elevó el celular justo por encima
de su cabeza y, mirando a la pantalla, accionó la cámara. ¿Subiría la foto a su
estado de whatsaap?, se preguntó al
cabo. Sin embargo, cuando revisó la foto su sorpresa fue mayúscula: por encima
de su hombro izquierdo, entre el jolgorio de la tropilla, asomaba un sublime
rostro de mujer. ¡Alzando los brazos, ella sonreía, adorablemente, mirando
también a la cámara de Paul! Este, en cambio, aparecía con una sonrisa entre
impostada y melancólica. Casi sin aliento, Paul giró, raudo, hacia su
izquierda: ella ya no estaba allí. ¡Ella! ¡El hada inmortal de todos esos niños!,
¡la musa inveterada y excelsa! ¡La Belleza en persona! En los minutos siguientes,
Paul trató de hallarla entre el jolgorio de los niños artistas. Como olvidados
del propósito que los había traído hasta allí, estos se entregaban a toda
suerte de lances artísticos -danzaban, tocaban, pintaban, etc- con una alegría contagiosa. Y ella ¿dónde
estaba? ¿No fue por ella que él,
Paul, se volvió un desertor, un renegado de la vida formal o señorial? ¿No fue
por seguirla que su vida se debatía ahora entre el llanto y la risa? ¿No era él
también uno de sus niños?
Lo cierto es que por más que buscó, Paul no la halló por
ninguna parte: ni en la fanfarria misma, ni entre los curiosos que atestiguaban
esta última, ni más allá aún.
Resignado, Paul se alejó del tumulto y, apoyando la
espalda contra el muro del edificio ministerial, volvió a revisar la foto. No,
no era un espejismo: allí estaba ella, cuan hermosa era.
—Bien puedes sonreír así porque esa es
tu dicha -dijo Paul en un sentido susurro- y quien sonríe contigo talvez pueda también
hacerla suya.
Luego, lanzando un suspiro, volvió con la tropilla o con lo que quedaba de esta, pues, mientras tanto, muchos de sus integrantes ya se habían retirado.
Paul, el artista impenitente, hizo lo propio unos minutos después.

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